"UN ZAPALLO CELESTE", POR SERGIO SARMIENTO MONJE - La Primera Vértebra
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«UN ZAPALLO CELESTE», POR SERGIO SARMIENTO MONJE

«UN ZAPALLO CELESTE», POR SERGIO SARMIENTO MONJE

   La pandemia ha convertido mi existencia en una especie de arresto domiciliario cuya duración, creciente e indefinida, lo va poniendo a uno medio taciturno, medio nervioso, medio con ganas de escapar “lejos a ninguna parte”, como escribió en su momento Baudelaire. Comenté este asunto hace unos días con mi amigo David Matthies -un tipo adicto al cine de Tarkovsky y a la lectura de Joyce en su idioma original- quien señaló que en estas condiciones lo que nos va quedando es mirar pasar la vida por la ventana. Unos cinco minutos más tarde, cuando la llamada telefónica llegó a su fin, me acerqué a la ventana de mi dormitorio. Quería ver pasar la vida tras el vidrio y me di cuenta que en mi ventana rural no pasa nada. O casi nada. Se ven unos pinos azules, se ve una cordillera seca, se ven unas torres de alta tensión, se ven unos picaflores maravillándolo a uno, pero no se observa vida humana en versión individual o colectiva. No hay a quien ofrendar un saludo a la distancia. O un insulto a la distancia (pienso en las huestes bárbaras de Rozas, en la alcaldesa estafadora de la comuna donde vivo, en los milicos que en las calles hacen una especie de preuniversitario para una nueva dictadura). Encender el televisor es una alternativa, me he dicho. Gastar electricidad y desde esa ventana de LCD –hubiese preferido de LSD- ver lo que pasa afuera, pero cada vez que lo intento siento náuseas: hay gente millonaria y frívola ensayando una responsabilidad social de mierda con los pobres. Son como niños que por un rato juegan a darles granitos de azúcar a las mismas hormigas que exprimen a diario y que -cuando se rebelan- mandan a pulverizar con ese insecticida en spray que es el gas mostaza que usan los carabineros. La vida de verdad, me digo, transcurre detrás de otras ventanas, unas ventanas que no son las mías. Entonces, a la manera de flashazos, vienen a mi memoria detalles de la vida cotidiana que llevaba antes de la dictadura sanitaria.

He recordado, por ejemplo, las calles teñidas de morado a raíz de las flores que caen de los enormes jacarandás que viven y respiran cerca del metro Los Héroes. Y los rostros alargados, amarillentos y cariacontecidos de los vendedores de telas y cortinajes de la desgastada calle San Ignacio, sus camisas a rayas horizontales, sus calvas incipientes, sus quejas enardecidas ante un presente que horada sus antiguas glorias comerciales. He recordado, también, la conversación que tuve en el Transantiago con un viejo sindicalista que estaba orgulloso de su nieto, un exitoso ejecutivo del retail, cosa que no me calzó para nada, pero que no hice notar, dado que el viejo estaba demasiado feliz por unos calcetines con fibra de cobre que el hijo de su hija le había regalado la navidad pasada. Vienen a mi memoria, también, los cuerpos sangrantes de los baleados en la Plaza de la Dignidad. Y la gente marchando alegre por la Alameda bajo la tóxica lluvia lacrimógena de Piñera (un hombre cuya vocación es hacer llorar). Y las ricas pizzas que en triciclo vendía una mujer de piel morena y ojos claros. Y la marihuana y la cerveza que en esta revolución reemplazan a la empanada y al vino tinto de Allende. Recuerdo el fuego de las barricadas purificando el espíritu arruinado de la patria. Y el sonido que hacían las planchas de fierro que blindan el edificio de la telefónica al ser golpeadas durante horas y horas por los manifestantes, en una especie de mantra de piedra y metal pidiendo dignidad.

Muchísimos recuerdos se cruzan en mi memoria. He rememorado, sin embargo, por sobre todo mis caminatas por las calles de Santiago luego de salir del instituto donde hago clases. Las idas a la carpa de la Librería Universitaria y al Fondo de Cultura Económica, cuyas obras no son nada de económicas. Las caminatas por San Diego y por la plaza Almagro buscando los libros que invaden mi casa como una pandemia de papel. He recordado también las armerías que hay en el paseo Bulnes, con sus vitrinas llenas de artículos para pacos, milicos y otros psicópatas –un ciervo tamaño natural para practicar el tiro al blanco, por ejemplo-. Echo de menos también los grafitis que he fotografiado desde hace décadas. Obras de arte urbano que luego de pasar por una época críptica durante “el regreso a la democracia”, convirtiéndose en alfabetos inentendibles, volvieron a tener algo que decir en los tiempos del estallido social, cuando el pueblo recuperó el habla. Uno de los últimos grafitis que vi antes de la pandemia –si la memoria no me falla- fue una especie de zapallo celeste acompañado de la expresión “no le tenemos miedo a nada”. Lo vi a la pasada, creo que fue en Amunátegui al llegar a Santo Domingo, yo iba en el Transantiago hacia Mapocho y no lo pude fotografiar. Traté de entender –en ese momento- qué relación había entre el zapallo celeste y la frase. Y no se me ocurrió nada. Recordé, en todo caso, un cuento de Macedonio Fernández: “El zapallo que se hizo cosmos”, cuya lectura, desde aquí, y sin que el lector pueda saber en qué consiste exactamente ese “aquí” (¿la página?), recomiendo con urgencia.

Días después, reflexionando sobre el mismo asunto, me acordé del título de un poema de Huidobro: “La poesía es un atentado celeste”. Un atentado a un zapallo, me dije, cambiando el color de su cáscara, es también –y de forma literal- un atentado celeste. No tenemos miedo a cambiar nada, ni siquiera la naturaleza, parecía proclamar el grafiti neocreacionista. Tal proclama –dado el contexto de estallido social- no se refería, deduje, a frutas, verduras u otros elementos de la naturaleza como animales, árboles, piedras, océanos o cordilleras. Recordé entonces algo que se nos olvida constantemente: nosotros, los seres humanos, también somos naturaleza. Contra nosotros mismos y nuestra propia naturaleza, entonces, iba dirigido el grafiti. Ciertamente no contra nuestra parte amable y justa, nuestra parte de ángel, como hubiese dicho Parra, sino contra nuestra parte de bestia: el egoísmo, la ambición, el abuso, que son consustanciales a nuestra esencia y que la doctrina liberal puso como fundamento de nuestras relaciones económicas (casi escribo felaciones): “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”, escribió Adam Smith hace más de doscientos años, poniendo la primera piedra del invasivo edificio económico en que hoy vivimos. Ese es el zapallo –ya rancio- contra el que hoy tenemos que atentar, parece decir el grafiti aludido. Nuestras brochas –añado- no solo tienen que colorear la epidermis de la bestia, estilo Leviatán, que se ha enquistado en el estado y en el gran capital financiero, sino también en nuestra propia piel, que como una cebolla escabechada se ha impregnado, por décadas y décadas, del vinagre que la contiene. Djuna Barnes, refiriéndose a uno de los personajes de su novela El bosque de la noche, escribió: “se consideraba el único error perdonable entre un millón de errores.” Yo soy, en parte, ese personaje. Cada uno de nosotros es, en parte, ese personaje. Un personaje contra el que también debemos atentar dándole una manito de pintura. Como el zapallo de Macedonio, tenemos que dejar de ser islas y convertirnos en cosmos.

El encierro es agotador. Detrás de mi ventana, como dije, no pasa nada. La ventana de la tele, por otra parte, es un expendio de veneno barato y mortífero. Queda otra ventana, la ventana interior. Me asomaré por allí con un galón de pintura celeste. A pintar ese zapallo.

NOTA BIOGRÁFICA

Sergio Sarmiento (Santiago, 1963). Ha publicado una media docena de libros de poesía y narrativa, así como artículos de opinión en distintos medios. Fue director de la revista y de las ediciones Esperpentia y editor de la revista El Mal Menor. Ha obtenido uno que otro premio literario y ha ganado tres veces la beca de creación del Fondo del Libro. Tiene algunos títulos, pero considera que los grados académicos no aseguran nada en el ámbito de la creación literaria. Su anhelo: nacer póstumo.

Comentarios

  • Nico Villagran
    Posted at 16:33h, 26 mayo Responder

    Tal vez la única ventana que siempre ha sido importante es la ventana del interior.

    El resto de ventanas solo nos muestran la realidad de otros ,que nos imponen sus propias ventanas, para mantener una normalidad aparente en la que todo funciona .

    Saludos!

  • Anders Macmillan Pairs
    Posted at 16:22h, 28 mayo Responder

    Gran y certera columna. Conocí la agudeza de Sarmiento en Esperpentia y El Mal Menor ,y además pude disfrutar de su constante asertividad cuando compartimos durante tres años como colegas académicos en la educación superior. Poseer una prosa y una poesía única capaz de reflejar el estado actual y real de las cosas, siempre alejado de lo prosáico y de la banalidad siempre reinante.

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