SOBRE: «ROCA NEGRA», DE OMAR ALARCÓN, POR MARTÍN AYOS - La Primera Vértebra
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SOBRE: «ROCA NEGRA», DE OMAR ALARCÓN, POR MARTÍN AYOS

SOBRE: «ROCA NEGRA», DE OMAR ALARCÓN, POR MARTÍN AYOS

Una piedra

buscaré en el confín del horizonte, en la

oscuridad del recuerdo y más allá de él,

alguna presencia oculta en mi presencia

buscaré más allá del miedo y del olvido, y me

iré de mí.

Buscaré un tú en algún yo, un mí en algún ti,

una piedra.

El que yo no esté importa poco.

Allá me quedaré. (Jaime Sáenz)

«Apuesto mi vida a los dados. En todos los números está escrito mi destino».

(Omar Alarcón)

Contrariamente a la poesía norteamericana, cuya pertenencia al paisaje o territorio es más bien «conceptual», la poesía latinoamericana construye un territorio afectivo, netamente existencial, en el cual se conjugan múltiples modos de vida. Así, tanto en la introspección como en la descripción comunitaria, no dejan de proliferar los ecos de un entramado rizomático, creador, que, a fuerza de repetir aquello que lo une, da siempre la diferencia en la que se afirma.

De este modo, podemos ver en «Roca Negra», de Omar Alarcón (Poeta y realizador cinematográfico boliviano), una prosa, unos versos, que dan al lector qué pensar acerca de cómo tomamos la muerte desde esta parte del mundo y cómo el hecho de ser «finitos» y la conciencia de esa «finitud» nos hermana: «En esta tierra construimos piedra a piedra una fe que se derrumba», «Aquí, / habitamos juntos / una catedral sin fe» y «En nuestra mesa sólo nos pertenece aquello que compartimos».

El fragmento clave es el citado en el epígrafe de este texto. De hecho y a pesar de que el libro esté dividido en dos partes, el destino del poeta (el mismo de toda la humanidad) está sellado por la inexorabilidad de la muerte, la otredad, la comunión solo posible a través de un «yo» que ha explotado y que ahora imagina un afuera en el que la multiplicación de «yoes» corresponde a un juego de máscaras, desterrando toda posibilidad de recomposición del ego.

En el prólogo, Virginia Benavides Avendaño, comenta, acertadamente, que mientras que la primera parte del libro nos pone frente a la descomposición de los supuestos en los que solemos basar nuestra cotidianidad, alejada del «otro», la segunda parte pareciera tratarse de «una mímesis del yo poético con el paisaje que describe». Entonces, de algún modo, la primera parte del libro pareciera prepararnos para acceder a la segunda: de la afirmación de la finitud a la infinitud relacional. Sin embargo, todo el libro nos pone frente a ambas situaciones, demostrando que son inseparables.

Acaso, la afirmación de la muerte sea la otredad misma, la comunión con un paisaje afectivo, despejados los supuestos del «yo» y su reconocimiento en el «otro», un nuevo modo de (no) relación, la apertura a lo «Otro» o lo que Blanchot llamara el paso (no) más allá. «En medio del mar, / la barca vacía»

La muerte toca la luz con nuestras manos. En nuestro interior sabemos que la esperanza es la fe de lo perdido, el fuego consumiéndose a sí mismo. Sin embargo, el sol tiene fe en la tierra y los niños celebran los pájaros anidando en nuestro pecho. Las flores nos llaman, no por nuestro nombre, sino por nuestra ausencia. “Nadie remueve las cenizas de un muerto”, pensamos. Nuestro rostro es la suma de otros rostros. No es necesario tener un nombre. Es así que en las calles y en las plazas nos miramos mutuamente sin sabernos perdidos. Sin encontrar, aquello que extraviamos para siempre, en los ojos de los otros.

Somos la sed

que el desierto olvida.

Testigos mudos

del polvo

y el destierro.

Las urnas

no consiguen retener

nuestras cenizas

dispersas

en el viento.

El adiós no se dibuja en la palma de la mano, no se nombra. Sin la piel es inútil recordar el viento. Cuando cerramos los ojos no morimos de lo que se pierde, morimos por no vivir. Caminamos desde siempre con un cuerpo acostumbrado al vacío. Sin embargo, tan sólo un gesto es capaz de inaugurar el aire. Amamos desde el olvido. Lo que somos, no nos basta para ser. Las orillas de nuestro cuerpo buscan la piel borrada con el tacto. Somos el adiós que no permite despedirnos. Nos marchamos sólo al cerrar con un beso la última puerta. Entonces dividimos las sonrisas en colores, los perfumes en recuerdos. Y para siempre, atravesamos el portal, con las manos vacías.

La muerte no ve la luz.

No ve la sombra, pero la crea.

El ciego aprende a tocar la vida con los dedos.

Sólo la oscuridad revela el brillo,

cegando a la muerte.

 

NOTA BIOGRÁFICA

OMAR ALARCÓN, BOLIVIA, 1986. Poeta y cineasta. Publicó el poemario «El corazón entrega sus muertos» (Editorial Pasanaku, 2006). Sus poemas fueron seleccionados en la antología de poetas jóvenes bolivianos «Cambio climático» (Fundación Simón I. Patiño, 2009) y en «Memoria sin espejo 15 poetas bolivianos contemporáneos» (Ladrones del tiempo, 2019). Ha publicado en revistas especializadas como Círculo de Poesía (México) y ha participado en diversos festivales nacionales e internacionales. Con su primera película «Mar Negro», obtuvo en Bolivia el Premio a Mejor Dirección (Premio Eduardo Abaroa 2018), que narra la vida y obra de Hugo Montero, el poeta que murió en el Hospital Psiquiátrico de la ciudad de Sucre.

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