ISMAEL GAVILÁN: "EL ESTANQUE DESNUDO: ANTOLOGÍA PERSONAL 1995-2020", POR MICAELA PAREDES - La Primera Vértebra
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ISMAEL GAVILÁN: «EL ESTANQUE DESNUDO: ANTOLOGÍA PERSONAL 1995-2020», POR MICAELA PAREDES

ISMAEL GAVILÁN: «EL ESTANQUE DESNUDO: ANTOLOGÍA PERSONAL 1995-2020», POR MICAELA PAREDES

(…) Ese insalvable desfase entre la realidad de la palabra poética y su relación con el tiempo de la experiencia está expresado en El estanque desnudo como la dicotomía entre vida y arte: la inmediatez de la intensidad y la distancia desapasionada de la forma; lo real, mudo, y su reverso imperfecto hecho de palabras; el dolor y su significante. Estos términos ejercen fuerza gravitatoria en el universo de Gavilán y configuran un arte poética que, por una parte, se plantea como divorciada del oficio de vivir: lo que la palabra dice no es ni puede ser fiel al acontecimiento vivo. El lenguaje como imagen, como un espejo de “antigua hipocresía”, siempre es indicio de ilusión, de engaño, de insuficiencia: “apenas el vacío de signos y palabras, / de colores que simplemente son / pero que, salvo su propia precariedad, jamás designan algo” (“Apuntes para una breve historia del arte”). Por otra parte, a pesar de la consciencia continua de la precariedad de la palabra, que antes de empezar a decir sabe inútiles sus intentos de aprehensión del mundo exterior a sí misma, la poesía de Gavilán nunca deja en esa constatación de tender puentes, imaginar y habitar aquella frontera difícil y dolorosa entre “las cosas / y su expresión lingüística” (“Stimmung”). Y es que, a pesar de ese divorcio, la experiencia misma no existe antes de ser dicha; en la imposibilidad de decir, lo imposible queda dicho como tal: existe porque se padece, y en ese sentirse, la palabra y sus límites coinciden con los límites de lo experimentable, de lo propiamente humano (…)

(…) La recursividad del lenguaje que la nota previa menciona se expresa de diversas maneras en este compendio de poemas. Está en primer plano la recursividad del arte en general, que se nutre de sí mismo y retoma asuntos, preguntas, estilos, tonos, autores, y atraviesa siglos, lenguas y culturas, formando ese complejo entramado intertextual que es la tradición. Desde sus inicios, la poesía de Ismael Gavilán se asume heredera y continuadora de un decir cargado de historia literaria y estética, lo que se evidencia en el recurrente diálogo con el universo grecolatino, mediante ciertas figuras y situaciones, históricas y mitológicas, que a veces aparecen en el poema como referentes y otras se transforman en el sujeto enunciador, mediante la construcción del monólogo dramático. La utilización de estas máscaras trae al presente un pasado en apariencia remoto, pero que en su seno conserva las semillas de lo que no ha dejado de ser; esas experiencias que han signado el devenir de la vida y del arte desde sus orígenes. El poema resitúa y actualiza estas experiencias por el solo hecho de enunciar desde un aquí y ahora histórico, diferente al del texto que retoma. Y en el caso de estos poemas en particular, con plena consciencia de que esa recontextualización arroja nuevas luces, abre el horizonte de lecturas y repiensa no solo la situación original sino el modo en que esta interpela nuestro presente. Estas voces y su circunstancia, a la vez, conectan la obra de Gavilán con la gran tradición de la poesía moderna, en la que el uso del personaje, desde el Ulysses de Tennyson, constituye un recurso que nutre y configura parte importante de la poesía de los siglos XIX y XX (…)

 

(fragmentos del Epílogo de la poeta Micaela Paredes a El estanque desnudo. Antología personal 1995-2020 de Ismael Gavilán)

Trizadura de la llama

1

Estrellándose el silencio

en juegos arenosos

el viento va hacia ti.

 

Con nuestra sonrisa

tiembla pálida la luz.

2

Busco tu retrato

en el rictus de la tarde:

el presente es en ella

signo que naufraga

más allá de los espejos.

3

Formas suaves

avalan este sitio que se expande:

ilusión donde reposa

el cuello de la queja.

Rompen agitadas

la frontera encadenante

que es origen de sus rostros.

4

Se advierte la humedad

que los pies traen

al dejar su antigua orilla.

Anuncian al viento

que desea permanencia.

5

La muerte no pregunta

por el arrebato

que inunda al movimiento.

 

Se resigna a ver

una puerta de salida

mientras nos sonríe

con ojos de memoria.

6

El fuego recorre

con miradas la pradera.

Llaga el centro

de su calma inexplicable.

En vaivenes

jadea como olas.

Refleja ese algo

que se eleva.

Es inicio de un paisaje.

7

Las manos

son callada melodía

que hunde el deseo

de los círculos.

 

Avanzan como voz

en su grandeza

y derriten toda espera.

 

Un lenguaje escriben

respirado en lo profundo.

 

 

(de Eurídice duerme en nuestro sueño, 1996)

 

 

Narciso

Arden el bosque y el invierno.

En su vastedad, el día prodiga señas

de imperios sumergidos.

Y mi rostro, quemado,

es bello sobre el sendero del agua,

principio sombrío de cualquier amanecer.

Alrededor del viejo jardín

sé que los frutos giran calcinados

y que un mirlo ciego abre al aire:

para él todo es resplandor, enigma.

Sólo mi gesto es palabra sepultada

en el estanque desnudo.

 

                      

 

Educación cortesana

En sus ojos hay hierba recién cortada,

sobre su cuerpo el sol es un temblor de plata.

 

Un cisne su sonrisa, sus piernas un bosque secreto.

 

Es propensa al viento y a lecturas de Blake;

su voz es una espingarda persa

que discurre sobre mitología sin dificultad.

 

Disfruta de la pintura de Gustav Klimt

y juega con dalias y ceibos en jardines de fábula

mientras dibuja pasillos donde habitan sus sueños.

 

Su corazón limita al sur con el invierno

pues sus labios no soportan el hielo.

 

Es diestra en griego y sánscrito

y siente un gusto desmedido por las fresas;

no comprende los aforismos de Kafka

pero quiere ser princesa y heredar todo el reino.

 

Sus pechos son flautas en un diván bizantino

que se extravían con los aires de otoño.

 

Conoce raíces que los druídas poseían para la belleza,

pero una gran desolación llega a su silencio

cuando declina la tarde.

 

Su presencia es un puñal de oro envenenado

que se clava en mí, despacio, lentamente.

 

               

 

Ángel azul

Verás que toda perversión

viene con ojos de inocencia,

con el vaho del incienso consumido.

 

Verás que es un mosaico antiguo,

temible y deseado, como la tentación

que sedujo a san Antonio.

 

Verás que viene en la danza circense

que revoca las leyes del sentido

tras la mórbida mirada de la Dietrich,

que su llama es la tarde alada

que trae el aroma de jardines fabulosos,

la sombra tierna que se encuentra al fondo del serrallo.

 

Verás que su encanto torturó a Eneas

hasta hacerlo escapar hacia un mar desconocido,

que su hierba frágil sólo es el recuerdo

de una estrella que en puñal puede convertirse,

que su voz es un ágil laberinto

que rara vez reconoce su frontera.

 

Verás que es hermana de la música

al tensar los cristales de la noche,

que es el mar destrozando escudos

de guerreros que de Troya no pudieron alejarse.

 

Verás que es el gesto núbil

que realiza cualquier ángel al no ver a Dios.

 

 

 

El condotiero

Ávido de sangre,

la sangre llega a mis murallas.

Caído el Principado

todos quieren convertirse en héroes.

Y ya se ven desfilar

en medio de la plaza con sombrías alabardas

creyendo que matar a un mercenario

significa ser valiente.

 

Yo fui el olvidado por el Río,

la mancha de la vida

que asumió la muerte con su espada.

Fui la resurrección de la aventura,

el ángel de la belleza destructiva

que envenenaba obispos y princesas,

la palabra de conquista

erguida como flamen en el tiempo.

No hubo nada para mí,

ni principio, ni súplicas:

cada instante un relámpago

saciado de sí mismo

en embriaguez vertiginosa.

Ahora, rodeado del vacío

que gritan lanzas enemigas

¿de qué me sirven las victorias,

los laureles, la concubina cada noche?

 

La sangre llega a mis murallas

y siento por vez primera la derrota.

Sin embargo mostraré al mundo

que un bastardo condotiero también sabe morir,

que sigo siendo Segismundo Malatesta,

señor de Rímini.

 

 

 

Kavafis regresa a Alejandría

Es inútil alejarse

y sellar un pacto entre el deseo y lo que eres.

Difícil cuando el aliento hace rodeos

para cristalizar como visión

al final de una humareda desangrada.

Es inútil alejarse:

lo que un dios designa es mandato

y aunque joyas, túnicas,

héroes, palacios y cuerpos relucientes

sean el obsequio luego del banquete

muestran sólo angustia al tener que regresar.

Ninguna ciudad es más grande que tus sueños

a pesar de morir en ella la dulce fruta

del aire entristecido, única verdad que antaño

un láguida pudo conocer.

Sí, es difícil sellar un pacto entre el deseo y lo que eres

cuando la ciudad desorbitada

invita con perfumes exquisitos

y la máscara es costumbre de festines en salones imperiales.

Es difícil e inútil,

pero lo que un dios designa es mandato

y por eso, el regreso es el sacrificio

que él y tú apenas pueden comprender

para llegar a concluir con la escritura.

 

 

( de Fabulaciones del aire de otros reynos, 2002)

 

 

 

*

Oír al invierno

cuando la memoria

amenaza nuestra piel que retrocede.

 

Oírlo en una sola nota

como nombre inocente

derribado por Dios.

 

De principio a fin

no es su frío

el que anida

en la arista embetunada del oído.

 

Su sonrisa es deseo

en el acto de callar.

Incluso ahora

en el verdor de septiembre.

 

 

 

*

No eres silencio

que merodea mi hambre

ni latido de fuego

que a mi corazón

convierte en pedernal.

 

En tu voz

la indulgencia viene

como sueño al cuerpo

desaparecida la raíz.

 

La sed que sabe beberte

es vastedad de una palabra

que en mi carne se hunde

como navío sin sombra.

 

 

 

*

Dijiste sol

donde hubo escarcha.

 

Y un día marchito

germinó en el cristal.

 

Dijiste agua

donde hubo fango.

 

Y abandono maduró

con el viento de granizo.

 

Dijiste nacimiento

donde hubo noche.

 

Y la escarcha

fue túnica de un ángel

en la ceguera del labio.

 

 

(de Raíz del aire, 2008)

 

 

 

Apuntes para una breve historia del arte

                                                                      Poetry is the subject of the poem

Wallace Stevens

Movimientos desapasionados en el límite de la experiencia,

anuncios que podrían ser la antesala del fracaso

o aspiración a decir lo inefable ante un auditorio desierto.

En verdad, ningún poder taumatúrgico,

apenas la recolección de objetos,

la intuición de una sensibilidad enfermiza,

apenas el vacío de signos y palabras,

de colores que simplemente son

pero que, salvo su propia precariedad, jamás designan algo.

 

¿Pertenece todo esto al mismo orden,

a la destrucción y a la esperanza,

a la anulación y a la transparencia?

En los recodos del concierto

cualquier giro vuelve sobre sí mismo

en una voltereta anulada por la refracción de lo real.

 

En la vida práctica

queda lejos el anhelo de un orden diverso,

el sueño utópico de Marx leyendo a Rimbaud

y el habla múltiple que Giotto hacía decir a un ángel.

 

En el fondo de las aguas, la música,

como cuerpo herido por la luz de plenilunio

imanta los rastrojos del plexo solar,

la víspera siniestra de todo espejo,

el desfallecimiento que ningún discurso

puede asumir con pretensiones de totalidad.

 

Así, con el cumplimiento de toda acción en el deseo

se llega a esa frontera carente de conciencia:

la inutilidad de toda forma

la pérdida de cualquier razonamiento,

el hacer por el hacer que articula una piel alicaída,

una sonrisa sarcástica, un escepticismo impersonal.

 

Tal vez la contradicción ha cumplido su feroz profecía

y lo que resta es el sonido restableciendo el sentido del silencio

y el lenguaje mirándose a sí mismo en el horror de la hoja en blanco.

 

 

 

Der Tod in Venedig

 No la belleza, sino su representación:

lo que el ángel permite conocer como intensidad,

ofrecimiento, tal vez como experiencia.

De todos modos, para Visconti

lo primordial es la representación,

no la belleza en sí misma,

no la intensidad angélica que promete destrucción,

sino el abstracto devaneo para regocijo de los sentidos.

En eso tal vez consiste el arte:

en el talento de sir Dirk Bogarde –timidez, valentía,

el justo equilibrio entre sí mismo y su personae

o esas palabras dirigidas a Schiller por parte de Goethe

que condenaban a la soledad más profunda al desequilibrado

y joven autor de Patmos. Ajustes sin duda entre lo que se es

y lo que se necesita ser, lo que Thomas Mann sospechó

desde que adquirió conciencia de su valer como escritor

para no caer en el extravío que prescribía su propia escritura

–el contorno, la contención clásica a través del estilo,

la frialdad para establecer una frontera con la vida-

 

Pero a Visconti

Tadzio, más que un problema de sexualidad decadente,

le plantea la curiosa necesidad de ver a Platón

representado como imagen cinematográfica:

platonismo, neoplatonismo, pureza,

ideal estético, decadencia, serenidad, proporción:

palabras para un efímero festín que acusa

la autodestrucción más violenta y anhelada.

Por ello, sólo el Adagietto

puede ser heraldo angélico de la representación

o de su artificio.

Verdad y mentira, unidos e indistintos,

Venecia y la enfermedad:

la agonía de un niño solitario que en su cuarto

piensa en lo imposible que es verse amado.

 

Lo que el ángel permite conocer como intensidad

es sólo ventanal de un país que nunca podremos conocer:

la mirada de Apolo frente al mar

mientras nuestro cuerpo es consumido por la peste.

 

 

 

De un poeta de la Antología Palatina

                                                                     para Marcelo Rioseco

 También habíamos conocido la incertidumbre:

ningún dios hacía posible la realidad de las respuestas,

sólo la experimentación con la hiperestesia

como efímero y deseable juego de magia.

 

Habíamos conocido la dulce promiscuidad

del hechizo retórico, la ambivalencia del poder,

la embriaguez de los cuerpos suntuosos,

el desprecio para con los bien pensantes

y los que deseaban ser políticamente correctos

-ascetas, platónicos, neoplatónicos,

profetas y otros eunucos-

 

Sabíamos perfectamente que la inmortalidad, al final,

no era un asunto de mármol ni de herencia alguna

tampoco el ingenuo orgullo por una polis

que no dudaría en desterrarnos;

que el homenaje de este o aquel tirano

sólo sería equivalente a la transcripción de un erudito

para una pretendida e imaginaria, pero ajena fidelidad.

 

Conocíamos el precio a pagar

por un instante de placer verdadero,

por la ilusión de una piel virgen

y por entregarnos a la sabiduría más inútil,

a la irresponsabilidad cívica más apetecida

y, a la vez, desdeñable.

 

Nada era seguro,

tampoco la filiación al gremio de las musas,

ni menos la presunta bienaventuranza

de lograr serenidad espiritual

ante la sonrisa brutal del insípido barquero.

 

Estábamos a las puertas de la desesperación,

en los límites deseables de una esperanza absurda,

desconfiando del naciente cristianismo

y de las prebendas del Estado.

Ciertamente en un mundo sin palabras

la poesía era y es el reflejo infecundo de un cristal opaco:

una oscuridad dorada

por la que nuestra vida justifica estar hecha de ceniza.

 

 

 

Stimmung

(Variaciones sobre un tema de Auden)

 Mon âme pour d’affreux naufrages appareille

Paul Verlaine

Entre el ir y venir del otoño

se cumple la circularidad de toda rutina:

la sangre sube por la enredadera

y vuelve a bajar en la prestancia de su indisposición sensorial,

las palabras repiten teatrales la palidez de su propio silencio

y el avance de los años dibuja la derrota de toda acción

en la amabilidad de los gestos que se vuelven símbolos de algo:

exigencias, nostalgias, indiferencia del medio, el error de la historia.

 

¿Podrías haberlo impedido?

Si el arte es ilusión de lo representado,

entonces la tensión entre lo viejo y lo nuevo,

entre la tradición y la aventura es sólo retórica

que se ve a sí misma con sarcasmo en el espejo de lo real:

el miedo culpable de comprobar el vacío de las afirmaciones.

Para el viejo Brueghel aquello no era tema a considerar;

era parte del orden del mundo situar el sufrimiento a escala humana

entre lo más banal y la experiencia más espantosa.

Dar la espalda al desastre

como el labrador que sigue en su oficio

o el navío que mantiene su curso de modo impersonal,

sabiendo que en ello no hay indiferencia,

sino cumplimiento de algo arcaico que no se puede intervenir.

 

Pero sin duda, para nosotros,

no es posible volver a ese pacto entre las cosas

y su expresión lingüística, a esa asunción serena

de la contradicción como parte de un libro

del que no deletreábamos página alguna, sino más bien

la artesanía de los contornos diseñados con paciencia

que hoy nos es incomprensible.

Lo que resta, quizás, es redactar un catastro con costumbres,

usos, hábitos, prácticas

y pensar que con ellos se pueden caminar playas,

visitar aeródromos y centros comerciales,

hacer pasables moteles de quinta categoría,

resignarse a ver en una película de fin de semana

una experiencia estética y, en fin,

todo ese catálogo de lugares y quejas cliché

que se vuelven un repertorio necesario

para conjurar el suicidio o la locura.

 

Mientras el otoño va y viene con su dulce apatía,

la calidez de sus hendiduras imaginarias

levanta un relato legible con el cual bastaría entender

las aprensiones de nuestra propia existencia,

asimismo la desconsideración para esas palabras

que íbamos a resignificar en un ingenuo juego alquímico.

Es verdad, tal vez no hay posibilidad alguna de volver,

cosa que los Viejos Maestros sabían de antemano,

incluso cuando pintaban a Icaro como símbolo de la soberbia.

 

Pero la distancia, la mudez del espejo, esa tarde calurosa

que conoció la destreza de nuestros cuerpos,

la proyección de esos apuntes amarillos

en las pantallas del sueño son, cómo no,

el desplazamiento entre tu memoria

y la inexactitud de la cámara lenta…

 

Pero la distancia

y esa mudez siniestra…

 

 

( de Vendramin, 2014)

 

 

 

 

Hopper

                                             para Miguel Gomes

 La ansiedad que abre la mañana,

la apariencia de miradas anteriores:

 

el cuerpo naciente

la mejilla inhiesta

su calma de extraña nitidez.

 

En la ventana todo inicia:

el café

la nube roja

el signo puro

engendrados por la noche acaecida.

 

Esa vieja hendidura

donde soy lo que no era: huella visible

que suspende la humedad

como arena quebradiza entre los ojos.

 

En la ventana toda bondad

se encumbra a decir lo ineludible

cuando retorna el negro humo cotidiano.

 

Vuelve la ansiedad que abre la mañana;

el reloj con su círculo terrestre

y esa voz que no reconocemos

que aviva el tormento de esta fábula:

la insistencia de otra vez mirar por el umbral.

 

 

 

Fauna

Adentro, el animal,

tiembla

ajeno a la ansiedad

ajeno a su propia muerte.

 

Solitario

el furor de su grito

no es oído

en la jaula del lenguaje:

eco, entre otros ecos,

se vuelve incapaz de respirar.

 

Su mirada

es una extraviada aspereza:

lo no dicho que arranca la piel

como graznido matutino.

 

Adentro, el animal,

imagina el desastre,

el valor confuso de la necesidad:

el dolor abierto por otro dolor.

 

Sabe que la tristeza es algo que inicia

donde ceguera y sentido son lo mismo.

 

Adentro, el animal,

tiembla.

 

Su deseo es mudo.

 

 

 

Pont Mirabeau

                                                       para Marcelo Pellegrini

Bajo el puente

la herida del agua es alucinación:

 

nada en ella puede ser cifrado,

nada puede ser dicho.

 

La lengua conocida

enroscada al cuello

como gemido salvaje

abre el cráter de la orfandad,

astilla punzante.

 

Cada sílaba tirita

cada sílaba es una trampa.

 

Lo que se dice crece y crece,

no cauteriza:

el hedor bajo la piel

no es fermento de la infancia

ni lo que atraviesa al corazón.

 

Lo que se dice y crece

es la vieja sequía hecha principio.

 

Bajo el puente

la muerte por agua

es ángel de extrañeza:

horror y placer de ver corroída la voz

como antigua y cruel cicatriz.

 

Nada puede ser cifrado

cuando toda herida es alucinación.

 

En el transcurso monótono del río

el poema reitera el mismo fracaso:

dolor es lo que no podemos decir.

 

 

( de  Letanías, 2018-2020, inéditos)

 

 

 

Ithaca 

 

Fiel a la fragilidad

ensayas llegar a esa orilla

donde cosas bellas e inútiles

perforan los ojos de tu infancia.

 

Pero el agua pasajera

te hace beber de su eco

como un mar que viene con la muerte

cuando todo se transforma

en crueldad vociferante.

 

Fiel a esa fiel oscuridad

grabas en piedra la derrota:

inscripción, signo, alfabeto.

 

Fiel a la extrañeza

escribes lo que nunca pudiste escribir:

esa ciudad desierta a la que regresas solo,

sin voz.

 

 

 

La vejez de Tiresias

                                             para Benjamín Carrasco

Los presagios también envejecen

cuando lo visto por mis ojos

conjeturan una realidad que dejó de existir.

 

Mi piel, marchita,

se ha vuelto sorda a la inmensidad

que busca abarcar la ausencia

que un dios no logra distraer.

 

Así, en el cielo, no hay aves,

apenas el zumbido de un insecto

en su empeño inútil por decir ceniza.

 

Acá mis manos sangran

cuando tocan la orfandad

y no indican señal alguna para nadie

como silencio de un idioma corroído.

 

No anuncio nada.

No digo nada.

 

Mientras el agua sigue siendo ella misma

el verano se anuncia vengativo.

 

 

 

Paestum

                                     para Víctor Campos

Los dioses observan a distancia

la imagen de su perfección.

 

No la geometría asombrosa

recordada en la escritura

de un fragmento de granito,

tampoco la aspereza de viejas columnas

mancilladas con sangre y estiércol.

 

El templo no teme la luz

y su resplandor fugitivo

es suficientemente bello para dejar olvidados

a antiguos sacerdotes y a bárbaros odiosos.

 

Acá la perfección es la imaginación

que hace de la inteligencia y el placer

una sola forma transparente

que se refleja desde el cielo.

 

Acá, el templo es el mar, no las ruinas.

 

 

 

La muerte de Virgilio

(sobre un tema de Hermann Broch)

 El campesino sabe nombrar insectos y plantas.

El alfarero conoce la densidad del barro.

El jardinero sabe cuándo podar la parra

para obtener uvas más dulces.

 

Pero mis palabras apenas las conozco.

No son mías después del sufrimiento,

el vacío o la indiferencia estúpida.

 

Pero una y otra vez ellos

me piden que entregue el poema

para justificar su sentido de la Historia,

sabiendo que ésta se escribe a sangre y no con palabras.

 

La renuncia es quizás el único camino para el arte:

desaparecer anónimo, ajeno a prebendas,

a la bondad de César,

distante del odio de los que anhelarían este lugar:

la vieja fantasía de que lenguaje y poder son equivalentes.

 

En mi muerte el poema dejará de existir.

Al final, toda justificación

está en ese mar ignoto que cruzamos

con el brutal oleaje de otra vida.

 

Ahora, enfermo,

entregaré al fuego el manuscrito:

no escribí lo que ambicioné escribir

y la poesía, después de todo,

es consuelo que se alimenta con desilusiones.

 

( de Tristia, 2019-2020, inéditos)

 

NOTA BIOGRÁFICA

Ismael Gavilán Muñoz (Valparaíso, 1973). Poeta, ensayista y crítico literario chileno. Ha publicado los libros de poemas Llamas de quien duerme en nuestro sueño (1996), Fabulaciones del aire de otros reynos (1999 y 2002), Raíz del aire (2008), Vendramin (2014) y Claro azar (2017). Como ensayista y crítico literario ha publicado Pensamiento y creación por el lenguaje. Acercamiento a la obra poetica de Eduardo Anguita (2010), Inscripción de la deriva. Ensayos sobre poesía chilena contemporánea (2016) y Expediente de lectura (2019). Ha colaborado con ensayos, reseñas, notas y artículos en revistas chilenas y extranjeras (Aerea, Cronopio, Mapocho, Anales de Literatura Chilena, Cuadernos Hispanoamericanos, Vallejo Company, Latinoamerican Literature Today, entre otras). Ha obtenido las becas de la Fundación Pablo Neruda (1997) y del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2001). Finalista del VI Concurso de Ensayo en Humanidades de la Universidad Diego Portales (2011).

Actualmente es profesor del Instituto de Literatura de la Universidad de los Andes (Santiago de Chile), editor asociado de Ediciones Altazor de Viña del Mar y dicta talleres literarios en la librería Qué Leo de Viña del Mar.

 

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