«VIAJE HACIA UN ESPERADO LIBRO Y LA INMINENCIA DEL CORONAVIRUS», POR PABLO SALAZAR CALDERÓN GALIANI

    El año 2019 expiraba y aún no tenía noticia del Covid -19 cuando el poeta y artista de la imagen, Augusto Carrasco, me decía que “¡Aletheya! es la mejor opción para tu poemario “Buen viaje, ikarus10”. En tiempo real venía a mi cabeza la palabra griega Alétheia, que alude a “verdad”. Augusto en ese instante, me sacó varios libros de su morral para contestarme con sus diseños, colores y texturas singulares, que efectivamente su propuesta mucho de verdad tenía, no solo para la mente sino para los cinco sentidos. Yo miraba esas ediciones sobre una mesa de un café magdalense, como monedas de oro al fondo de un diáfano estanque. Por supuesto que se refería a la editorial arequipeña Aletheya, que encabeza Ruhan Huarca y con la cual Augusto ha trabajado varios proyectos editoriales como diseñador gráfico.

Tras un año de subidas y bajadas de montaña rusa, el 2020 se presentaba bonito con esta posibilidad. ¡Un libro objeto, vaya, justo lo que imaginaba mientras escribía los poemas de este conjunto! Me ilusionaba la idea. “Este libro bajo el brazo me sabrá acompañar en los tiempos venideros”.


Feliz, me propuse aprovechar el mes de febrero para visitar a mis parientes ecuatorianos, así como publicar mi libro en marzo, antes de concentrarme al 100% en mis temas laborales. Ecuador, tierra de hermosa y variada geografía, siempre era propicia para plantear proyectos y “resetearme”, cuando ya en pleno viaje se sucedieron las noticias sobre una rara enfermedad que asolaba a China, en el otro lado del mundo. Acepto que en ese momento no le di mayor importancia al asunto, error en el cual lamentablemente mucha gente cayó, sentir que lo que le pasaba a los otros no tenía que ver con nosotros, cuando en realidad todos estamos conectados en nuestra humanidad y nuestro lugar compartido como habitantes del planeta Tierra.


Ya en el país de Julio Jaramillo, tras comer truchas arrebozadas a orillas de la laguna Yahuarcocha en Ibarra, mi prima María Helena llegaría agitada a la mesa con celular en mano para contarme preocupada que se acababa de anunciar el primer infectado de coronavirus en el Ecuador, le hice caso a medias porque ya eran carnavales y mi sobrino Chris de ocho años se acercaba a unos chicos que se lanzaban agua y harina y temíamos la cercanía de algunos carros que pasaban a toda velocidad para no ser mojados al costado del lugar donde estábamos, mientras mi hijo Vicente (5) se comía todo un pescado sin ayuda de nadie, para asombro de sus primos que le hacían remilgos al arrebozado pez. No sabíamos hasta que medida el virus ya estaba entre nosotros.


Llegando a Quito, mi querido tío Juan Miguel en casa de mi tía abuela Marcita, decía que este virus era de temer, a lo cual neciamente replicaba que no había que caer en el terror que vendía la prensa y que no era para tanto, a lo cual mi tío respondió que de ninguna manera se le podría subestimar, en vista de la capacidad de contagio del mismo (finalmente tuvo mucha razón con ello, pero para entonces no lo sabíamos). En camino al Perú se notaba que en la frontera las cosas no trascurrían de forma usual, gente con mascarillas y guantes desinfectaban el lugar y el género de la ciencia ficción ya comenzaba a predominar en el paisaje.

Ya regresando a Lima, vi en las noticias al presidente Vizcarra anunciando que se había detectado el primer caso de coronavirus en el Perú y que debíamos tomar todas las precauciones del caso. Lima se llenaba de mascarillas y yo ya tenía mi boleto de avión de ida y vuelta a Arequipa para ir por el sueño de mi libro objeto.

Estando en el Aeropuerto Jorge Chavez me llamó mucho la atención que este lucía con menos gente de lo acostumbrado, poca gente reía, la seriedad y los rostros de preocupación reinaban, las indicaciones de seguridad por megáfono me hacían pensar que en Perú tomaban con más alarma el tema del virus que en Ecuador.

La sensación de alerta seguía en el ambiente durante el vuelo, más de la mitad de los pasajeros lucía con mascarillas. Ya en Arequipa pude tomar algunas fotos de ese amanecer serrano, asomando junto al volcán Misti tras los ventanales de un café en el aeropuerto, hermosa imagen, mientras las noticias televisivas de lo que pasaba en Italia y España comenzaban a sucederse como telegramas de una guerra que amenazaba extenderse. La gente aún no tomaba la distancia del caso, todo transcurría con aparente (o deseada) normalidad entre algunos, pero evidenciaba una preocupación que se le escapaba a la mirada de una señora con su hijo o a un policía con palabras que se atropellaban para decirme que conocía un taxista que cobra el precio módico de 40 soles hasta la plaza. Llegando a Arequipa las noticias del virus se difundían con más asiduidad, yo estaba ahí más allá de todo por mi libro y para ver a algunos amigos y familiares, me lo repetía muchas veces para creérmelo aunque le costaba a uno concentrarse. No vi casi a gente esos días, con excepción de mi entusiasta editor, Ruhan Huarca, que enfocaría la conversación que tuvimos, en mi esperado libro objeto, el cual pronto daría a luz y que continuó con una bonita conversa por la tarde en una terracita del hotel donde estaba alojado, junto a unas cervecitas arequipeñas en lata, para hablar únicamente de literatura. No es la primera vez que hablaba del tema, pero en este contexto, lo sentí como un queso helado en la sombra que cobija. Mientras esto pasaba, los extranjeros paseaban despreocupados junto al sillar, nadie se imaginaba que esto deviniera en lo que es ahora actualmente. Los bares y discotecas estaban llenos, los restaurantes igual, aunque en varios sitios tenían alcohol en gel y seguían el protocolo de seguridad, como si la ciudad no podría hacerse más la desentendida. La inminencia del virus era evidente. Yo había acordado con el poeta Maurizio Medo asistir a El Laboratorio poético que él dirige para hablar sobre mi libro y leer algunos poemas, el escritor Javier Rivera amablemente me invitó a su casa para vernos con otros poetas y degustar rocotos rellenos en la picantería La Fiera, cuando recibo la llamada de Augusto Carrasco, diciéndome que en su trabajo había escuchado que era inminente el anuncio de Estado de Emergencia en el país, incitándome a que tome el primer bus y me regrese, cosa que hice en el acto, dejando mi hotel y mi vuelo de vuelta pagados.


Ya en el bus, sin libro bajo el brazo, luego de ver a una persona en el piso tras desmayarse en el terrapuerto de Arequipa, sentí nostalgia tras pasar por Camaná por primera vez, sus calles estaban vacías, todo lucía oscurísimo, como si hubiera un apagón. Camaná fue la tierra de mi familia paterna la cual dejaron mi bisabuelo y abuelo en los años 40s para venirse a Lima, esa tierra mítica pasó rápidamente por mi horizonte visual y mente, pensaba luego de escuchar al presidente, que posiblemente todo cambiaría, pensé en mi familia de Lima, de Ecuador, de varios otros lugares del mundo, pensé que debía protegerlos y me acordé del libro que no traje de Arequipa y de cómo sería pensar en eso ahora con tantos problemas y fue ahí que un poema de Ungaretti que escribiera en una trinchera de la primera guerra mundial, vino a mi mente: “AMANECER// Me ilumino de inmensidad” ahí supe pese a los miedos, que este libro que espero, y la poesía que está en él y en todo, tiene un lugar en la resistencia y en esa fuerza en la cual decido que radica mi inmensidad. La que puedo y debo.

NOTA BIOGRÁFICA

Pablo Salazar Calderón (París, 1978). Estudió humanidades en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, es egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú en la especialidad de Literatura Hispánica; como poeta salió antologado en la muestra de poesía joven “Generación del 2000” editada por Círculo Abierto Editores (2008), «Vox» Horrísona (México, 2013) y «Acracia» (La rueda editores, Guadalajara, 2014). Publicó la plaqueta de poemas Terrado de Cuervos (Tranvía Editores, 2008), el poemario Piedralaventanaelcielo (Paracaídas editores, 2011) y el libro “Buen viaje, Ikarus 10” (Paracaídas, 2018). Participó en diversos Festivales entre los cuales se podría destacar el encuentro peruano-bonaerense “Peruba” realizado en la ciudad de Buenos Aires el año 2012, donde dictó talleres y brindó recitales poéticos junto a poetas argentinos, el Festival de poesía de Lima 2010 y 2012, El Festival Enero en la Palabra de Cuzco el año 2013, El Festival de poesía de Chepén 2017 y el Festival de poesía “Dentro de los bosques famélicos” de Pucallpa 2017. Se dedica a la corrección de textos y a la docencia. Próximamente publicará la segunda edición de su poemario “Buen viaje, Ikarus10” en versión libro objeto, por medio de la editorial Aletheya (Arequipa) en sociedad con Pasto récord ediciones (Arequipa).

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