«TOCAR EL CIELO OSCURO» (OBRA REUNIDA) DE PAULINA VINDERMAN. Por Nicolás Igolnikov.

Ante todo, no intentaré hablar de la poesía de Paulina Vinderman: ella habla por sí misma. Sí podré hablar de sus poemas que encierran una apuesta personal: tocar otro fondo a partir de haber tocado el fondo propio. El poema de Vinderman surge cuando la mano que lo escribe se separa del estar escribiendo, y pasa a escribirla. Una de las más bellas operaciones de la poeta reside en abordar la dificultad intrínseca sobre el proceso de escritura, al decir “escribo” o decir “estoy escribiendo”. Pero la fortuna de Paulina es rechazar la dificultad, o lo que es lo mismo, enarbolarla y llevarla adelante durante las más de 500 páginas que constituyen su obra reunida y que no logran, afortunadamente, captar la profundidad de su búsqueda:

Tanto contemplo a la palmera cerca de mi ventana/ que finalmente es ella la que me contempla –Poema 14, del libro Ciruelo-.

Por otro lado, sus poemas no tienen una uniformidad en el sentido de la monotonía: las recurrencias de Vinderman (los perros, los bares, las tazas de té, los trenes, la espectacular desolación contemplativa, la pintura, una ella incontestable, la paternidad del lenguaje) no tienen que ver con la repetición sino con la insistencia. Ella dice en el libro “El Muelle” (2003):

Abandonarlo todo por una palabra insistente

Su trabajo poético: desproveer el yo que habita el mundo, para dar lugar a la habitación del poema, fenómeno por el cuál la voz poética invade las cosas y las anima o apaga según el tono con que la poeta encuentre el sentido. Y lograr este efecto, es decir, poder animar las cosas según el tono de la poética, inducir ese estado peculiar en el que se lee un poema y se cree que lo está escribiendo, requiere implícitamente que la poética sea inquieta. Vemos en Paulina una presencia de tres elementos que menciono no a título enumerativo sino como aristas fundamentales para captar cierta configuración poética característica: el desplazamiento físico de la voz –los viajes-, el sujeto interpelado por la voz –el otro del poema- y la cercanía de la voz y del poema que la contiene y que, a la vez, la expone. Esta trilogía nos permite situarnos en el poema no como la superficie escrita sino como lo inasible que circunda a un estado poético: una vivencia magnificada que recorre a quien se sumerge en los poemas de la autora.

 

Una trayectoria poética

Un inicio

No es sencillo recorrer el camino del viento

sin lastimarnos los pies en las alambradas

(VII, Los espejos y los puentes, 1978)

Decir que Paulina Vinderman tiene, desde el inicio de su trabajo poético, una voz clara: la búsqueda poética no disminuye la precisión con que se vuelve audible su tono personal e irrepetible. En este sentido y a lo largo de toda su obra, el camino que recorre la voz poética para llegar al material poético es geodésico, pero la minimalidad del recorrido no implica la ausencia de vuelo, si al fin y al cabo, al cielo sólo se puede llegar batiendo las alas del poema.

Ya en su primer libro, “Los espejos y los puentes”, Paulina sienta las bases de su propia búsqueda, que tiene que ver con algo personal que está en comunicación con el mundo, y que un servidor localiza en el acápite de esta misma sección: Paulina reconoce en el futuro el peligro de su recorrido, y lo afronta. De vez en cuando encontramos bellas reafirmaciones de esta apuesta, que son a la vez reinvenciones del trayecto:

Busco la canción para el que enmudece después del bombardeo (La mirada de los héroes, del poema “Conjuro para un sueño”, 1982).

Libro en el que se perfecciona cierta búsqueda interior de “Los espejos y los puentes” y en “La otra Ciudad”: se ve a una Paulina curiosa, maravillada ante un exterior que será siempre su interés y su búsqueda. El ojo de la poeta indaga en los rincones, se posa en los hombros de algunos personajes anónimos, como en “el poema que no escribió”, un texto diáfano y profundo, pero aún se escucha la segunda voz de la poeta palpitando tras el poema, asomada a él.

Una afirmación

Elegir, Cordelia, sólo se trata de elegir

Sabrás la hora en tu momento exacto

y conocerás la medida de tu sombra

(La balada de Cordelia, “XI”, 1984)

A partir de “La balada de Cordelia” (1984) se termina de asentar la sencillez para dar lugar a una seguidilla de libros magníficos donde  la memoria y la muerte gravitan una en torno a la otra, mientras por el centro del embate Paulina pasa depositando uno a uno sus poemas, que adquieren una nueva dimensión: los poemas pasan de enunciar a testificar, hasta llegar al punto cúlmine, que se alcanza en Bulgaria, del libro homónimo, en 1998, pero no nos adelantemos.

La epistolaridad caracteriza al libro “La balada de Cordelia”, y es a través de ella que la poeta indaga en sus sujetos poéticos, a veces emisarios del poema, a veces destinatarios, en última instancia protagonistas del recorrido poético del libro. Un planteo fundamental surge en el poema VII:

Qué pasa si canto

tendiendo las ropas en un patio

cuadrado
y enciendo mi cirio

contra esa impávida pared,

definitivamente

Un planteo que traza un arco que termina en el futuro, que sintetiza parte de la búsqueda de Paulina: ver qué pasa cuando, en medio de la vida, se enciende  la luz de un poema.

**

Podría haber cantado

sentada sobre una roca de basalto

o haberme detenido para siempre

en algún pueblo veloz

en lugar de verlo empequeñecerse

a la distancia

(De Rojo Junio, “Geografías”, 1988)

En Rojo Junio (nombre de su libro y del poema que lo titula y que, por otra parte, encabeza una antología que Ruinas Circulares editó hace varios años) el sujeto poético sigue bellamente definido (como en “Hombre sentado en el tejado”) aunque ya puede verse más definidamente el rasgo pictórico de sus poemas. Lo que a partir de “El Muelle” encontraremos mucho más definido, ahora se insinúa: los poemas funcionan como instantáneas superpuestas, fragmentos de vivencia poética que nunca delatan sino confiesan un acontecer, como en “Invasión”:

Tenían los ojos amarillos de cerveza, manos

campesinas. Se acostaron soñando

con la selva, la guitarra puesta.

Se fueron en el sol del mediodía

persiguiendo un león,

su corazón enorme les hinchaba el pecho

O en “Me iré en Junio”, poema especial en el que las líneas de diálogo hacen sus veces de versos. No obstante, este libro también explora el quehacer poético y conserva la búsqueda personal de Paulina, a la que vemos aparecer de vez en cuando en el poema, no directamente enunciada claro, sino franca: ella está en el poema que escribe aunque siempre busque permanecer corrida, cuarta persona de aquello que se desprende de sí y ocupa al resto del mundo. Poemas como “Lo demás es literatura” o mismo “Carta”.

 

Soy una mujer al borde del camino, todos

mis gestos son los de partir

(De Escalera de Incendio, “Campo quemado”, 1994)

Este libro y el siguiente, Bulgaria (1998) alumbran un interior poético que se escucha en la aparición de lo inasible del revés de las cosas. En toda búsqueda poética surge un estado caracterizado por el reconocimiento de la limitación fundamental: la propia. Esta limitación recorre especialmente Escalera de incendio, en poemas como “Hotel de France”:

En realidad, las sirenas tampoco cantaron para mí

y la comprensión

no fue más que una estrella que cae

de la tiniebla a la tiniebla

Donde la poeta no sólo pone de relieve su condición peregrina, reafirmando su desplazamiento físico, sino que a la vez configura en el poema la sensación de universalidad acotada, esa condición casi fractal por la cual el poema habla de todo sin, a la vez, poder englobarlo ni capturarlo, donde  la comprensión es esa estrella que cae de la tiniebla a la tiniebla, en cuyo intervalo de brillo existe el poema ahora, además de testigo, de escena para la testificación.

Y lo que separa a la poeta del perderse en la limitación se encuentra en poemas como Orinoco

Las palabras se acuestan en el fondo barroso

y me miran

con cierta burla o cierta autoridad.

El gran río no tiene mirada:

es una marca –de vida o de muerte-

Donde ya, insoslayable, aparece la determinación poética de Paulina Vinderman: la búsqueda de la poesía como la única, quizás, posible mediación entre lo inasible y lo abrumadoramente real, pero sin pretensión de totalidad, como referirá sintética y fabulosamente en Bote negro (2010): Ni orgullo ni declinación.

 

La noche distorsiona, el alma distorsiona

(De Bulgaria, “La luna que no vi, 1998)

Este libro posee un cierto sentido de cierre: el trayecto creciente y expansivo de la poética de Paulina se encuentra, en cierta medida, condensado en Cónsul Honoraria; donde la voz poética, cónsul en la propia ciudad, se ve a sí misma fuera del café en que escribe. El desdoblamiento, el des-situarse de la ciudad (elemento también central de la poética de Paulina) propia y verse perdida en la niebla pero, a la vez, enraizada en el poema, máximo contenedor.

Y si bien el poema citado da cierta clave de lectura general, es en Bulgaria, el poema, donde Paulina en cierto sentido cierra: dichoso poema, de un vuelo maravilloso, capaz de entrar en el terreno del sueño y allí atrapar tantos elementos fundantes y característicos de la poesía de Paulina: el amarillo de la memoria, los viajes y los trenes, el té, la paternidad del lenguaje, la epistolaridad y, ante todo, lo burdo de la realidad reconvertido en el poema como un elemento de verdad necesario, constitutivo y central.

No obstante, cinco años después ella publicará “El Muelle”, donde  uno de los poemas del libro se repetirá. Estas elecciones no son inocentes, marcan una continuidad después del quiebre. Es notable que, en cinco años, Paulina elige preservar exactamente las palabras del poema, pero muestra en la nueva versión lo que caracterizará su trabajo de allí en adelante: más espacio, encabalgamientos más airosos y disposiciones en la hoja que, sutiles, parecen diseñarse para que el lector se vea en el blanco de la hoja, en los intersticios del poema, donde se escucha, si se pone atención, la respiración hermosa de la poeta.

Una estadía en pleno movimiento

 

Esa mujer que se pierde en la noche, incandescente

de angustia, debo ser yo

(De “El muelle”, Cónsul Honoraria II, 2003)

 

Curiosamente, el libro que inicia la partida, por decirlo de algún modo, del terreno ya habitado por los libros anteriores, es “El Muelle”. Libro intermedio, libro puente, donde  los poemas-pintura se perfeccionan y funcionan casi como pinturas-poema. Esta construcción de la imagen vibrátil y detenida, en la que el poema se mueve en vez de hacerlo la imagen, deja ver una cierta vibración subyacente, una energía que busca precipitarse al camino, no por desconocimiento sino porque hay algo en el camino que aún queda por encontrarse y que jamás lo estático de la ciudad podrá capturar por entero. Este libro entonces es habitación con sonido de despedida:

¿Y dónde vamos a estar mañana, cuando anochezca? (XIX)

Que se resignifica en el recorrido, en “Hospital de Veteranos” (2006) donde  ya la poética encuentra una fluidez en lo móvil y esto le permite entrar en el tiempo a través de la experiencia íntima, lo que le otorga la posibilidad de capturar ciertas certezas:

Veo a la vida como algo desenfocado y hermoso (4)

O mismo pulir hasta el hartazgo esa virtuosa manera de hablar de las cosas quietas, como en 18:

En la bruma púrpura las palomas

buscan un lugar para pasar la noche.

La mujer se acurruca en su sillón hundido.

“¿Eso era todo?, piensa, ¿un lugar para pasar

la noche?”

En 20

Dar con las palabras que te expliquen

esta felicidad y la conviertan en ofrenda

es un trabajo peligroso.

El amor siempre se acostumbra a las curaciones:

O en 23

Hacia el futuro, hacia el futuro, dicen los árboles

que se inclinan pesados de viento, frente a tu ventana.

Hasta llegar a Bote Negro (2010), donde ya los recursos distintivos, plenos de funcionamiento, terminan de marcar su presencia en la trayectoria poética de Vinderman, donde un servidor encuentra un nuevo giro para su poética: la remitencia del pasado,

Acumulo estrofas en mis provincias (país de los

vencidos, provincias inciertas mi memoria de espanto)

mientras los ojos de la lluvia ocupan mi lugar

y me ven siempre en el eco del transbordador

dejando el muelle (10)

Donde se escucha, casi nítido, el eco de otros poemas incluso aún no escritos (en este fragmento, quizás, esa palmera que, de tanto contemplada, pasa a ser contempladora), que propulsa el sentido del poema en la dirección de la resignificación y la profundización: la madurez va cristalizando la forma hasta que la luz se refracta diferente, es otra, aunque la misma, cuando surca el espacio que configura el poema. Paulina, en el complejo resonar de su poética, no duda en seguir dejando ciertos rastros de sus decisiones, que funcionan como postas para la lectura de una obra

No, no hablaré del provenir: es un cuarto oscuro

donde sólo puedo votar por la muerte. Sus afiches

son bellos, pero irritantes de tan verosímiles (12)

Que no duda en marcar sus principios y elecciones, como en el ya referido

Ni orgullo ni declinación (14)

O mismo

Sin embargo, cuando anochece, anochece también

en mis palabras (15)

Lo que de cara al final del libro marca la transición hacia los últimos libros publicados: el tono existencial, que insinúa el interés por la trascendencia metafísica, siempre con el carácter distintivo de Paulina: la preciosa cercanía.

 

Reclinada sobre los reflejos

no tengo modo de saber

por qué partimos hacia tierras

que tienen tan poco que ver con las que amamos

(De La epigrafista, “20 Océano índico”, 2012)

Este libro toma el tono existencial que lo conecta con los siguientes, aunque, al tener a la muerte en un lugar mucho más protagónico, implica cierto impás: cierta compunción en la voz,  siempre sensible, delata lo que la misma poética busca y encuentra: pérdida y distanciamiento. Es un libro interior y dolido, donde los poemas volverán a ciertos sentidos del primer periodo, cuyos significantes dejan marca necesariamente al ser escritos, como en 12:

Fui expulsada otra vez del incendio

y nadie me preguntó si quería vivir

en lugar de arder como el corazón del bosque

hasta consumirme

O en 13, donde la voz vuelve al café donde recogía improntas del mundo. Esta operación refleja el extrañamiento frente al retorno, esa situación de volver a lo que fue propio cuando uno se ha expropiado de todo en pos de la búsqueda. Fiel a sí misma, la poeta logra capturar esta reinvención de lo conocido que se produce al desconocerlo, lo que al fin y al cabo es siempre una operación poética.

Acercamiento a la lejanía

A eso vinimos: centinelas en la noche esperando el relevo

(De Ciruelo, “3”, 2014)

Lo que ocurre a partir de Ciruelo puede bien llamarse maduración, pero los nombres hacia este punto carecen de sentido: Vinderman, con su trayectoria poética, habla con una distancia respecto del pasado y de lo que atestigua el poema, un cierto rechazo necesario para ver, detrás de la maravilla, el vacío que recubre. El miedo y la muerte, como antes la memoria y la muerte en “La Balada de Cordelia”, dialogan y se interrelacionan a propósito del amor, como figura repetitiva del libro, donde se ve la pasión característica de Paulina. Y, como también en el libro antes referido, la sencillez y el sujeto construido por los poemas, así como en cierta repetición de Ciruelo, parece traslucirse una relación dialógica entre ambas obras, que parecen remitirse y conversar a través de la distancia temporal.

El tono de Paulina, intacto en su personalidad y firme en su construcción, migra hacia Cuaderno de dibujo (2017), libro mucho más silencioso que los otros, donde se terminará de amalgamar el registro visual y poético de los poemas de Paulina: ya no poemas-pintura ni pintura-poema, el proceso de escritura y pintura se mezclaran dando lugar a una paleta peculiar y propia:

La flor parece un escándalo en esta sala

diminuta y oscura,

pintarla sería una profanación.

En su lugar miro la piedra pulida del glaciar

sobre mi mesa.

La dibujo: es el poema que escribo (Aprendo)

Esto permite darle una centralidad a la experiencia subjetiva como catalizadora del estado poético:

No puedo llorar por nada

junto a esta fuente de piedra.

Se va de mí, se va como la historia

a medida que la leo (Ruego)

Que se relaciona con la cercanía o presencia de la muerte:

La muerte pasa con un vestido violeta

lleno de jeroglíficos (Florezco)

Como el misterio último e infranqueable, frente al que la escritura es una postura desafiante:

La vida es la única que sabe tocar a la muerte

con las manos abiertas (“Escribo el todavía”)

Que consiste en hacerle frente reivindicando la historia, es decir: cargando de vida toda la vida:

Me separo de la muerte pero no de

la desaparición (Me separo)

Que un servidor encuentra en este poema en el que se menciona al gato de Cheshire, curioso ya que el segundo y tercer libro de Paulina comienzan con una cita de Lewis Carrol, y progresivamente en sus libros la figura de Alicia va progresivamente dejando de aparecer.

Una trayectoria que no termina

Yo cazo palabras mientras cierro los postigos

(De Cartas del búho, “Las estrellas…”, 2020)

Ante la inminencia del último libro, Cartas del Búho, inédito hasta esta edición de Alción de la obra reunida de Paulina, se ve, ante todo, que la apuesta poética no sólo no termina, sino que aún indaga en su silencio. Desde el libro anterior, Cuaderno de dibujo, los poemas llevan por título sus primeras palabras, lo cual nos habla de una síntesis de tema y puesta en acto, y de una reafirmación de un mecanismo que funciona para Paulina especialmente bien: desdibujar el centro del poema, o mismo, descentrarlo, para producir esos estados de  extrañamiento sensible que permiten, justamente, que el centro del poema opere libre en el centro del lector:

No es locura, es fortaleza, susurro al búho

antes de escribir.

El cartero me trae una flor naranja de papel

que coloco en el vaso con toda el agua que vuelca

con cuidado, mi imaginación (El)

Lo cual nos habilita, afortunadamente, la pregunta por los movimientos subsiguientes que produzca y provoque la poesía de Paulina Vinderman, una poeta ya del mundo que marca en el presente poético una marca que María Malusardi en “Aquellos que tiemblan, aquellos que existen”, texto que abre esta obra reunida, señala claramente: “Su poesía lleva consigo el peso –el dolor y la furia- de la existencia”.

 

 

A la luz de la antorcha que Ohme sostiene,

el bisonte resplandece.

Me he esforzado en sus patas y en hacer oír

la sombra de su rojo sangre.

Un poco más, un poco más, y será una presencia,

así dicen.

Mi cansancio es triste

cuando suelto la espátula de hueso.

Ohme es feliz porque ha aprendido el sonido

del color.

¿Soy sólo yo?

¿Sólo yo siento en mi estómago la ausencia?

Me he convertido en un pintor de ausencias.

No soy el animal, el animal no es.

Vivo para esta hecatombe:

buscar el lugar anterior al mundo,

como perro lobo que aúlla en la noche.

a los pintores del Paleolítico

¿Con qué sueña el niño del cuadro flamenco

reclinado sobre la mesa junto a su escudilla?

Tal vez con un búho en el deseo de bosque,

con su aliento de plumas.

Su estrecha vida se une a la suya, un prodigio

posado en la posibilidad.

El silencio arde en el mundo qué él no

conoce todavía.

La oscuridad, así, es un deslumbramiento

de arboledas, inviernos infìnitos y un exilio de pincel

dentro del frasco de mermelada vacío.

Pintarlo todo.

No hay sueño más sutil.

No hay ángel mejor.

Quiero la confìanza de la noche para mi lápiz.

Por eso espero.

La falta de luz convertida en algo concedido,

no arrebatado.

¿Cómo llegar, sino, a lo que no está aquí?

El pasado (mi segundo corazón),

los jardines de locura, las flores de trapo

contra el sol del desierto.

La nostalgia enfermiza del lugar donde

jamás estuve.

Y la seguridad, ese falso dios al que nunca

sacrifìqué nada.

La confìanza de la noche.

Para los ratones de campo, para el búho,

para el sueño del Rey rojo en su bosque,

mi bosque.

Era un jardín perfecto, era un jardín

sin memoria.

No puedo dibujarte, le dije, no puedo

con el vacío.

Es la soledad del amor, susurró un abeto minúsculo,

ese lugar donde aprendemos a morir.

El vacío, ah, es otra cosa, no estás preparada

para comprenderlo.

Le regalé un recuerdo al abeto sabio

e introduje mi mano entre sus hojas.

El viento me ayudó a soplar verde sobre

la página.

Y a inventar el tiempo.

Caravaggio amaba la noche.

Atrapaba la luz igual que una estrella

en su agujero negro y conseguía hacer visible

esa luz de otro mundo.

Pastor de oscuridad,

los rostros emergían solidarios,

de su vela, en pleno misterio de creación.

Antes del olvido.

Antes del mar.

La vida profunda como una herida

en la crueldad del mundo.

Pintaba su propia muerte en cada

cuerpo soñado.

Pintaba el deseo con su pincel salvaje,

con su corazón asustado.

La luz siempre es antigua, dice Banville,

porque tarda en llegar.

Todo lo que vemos es pasado.

Hacen falta respuestas

para las adivinanzas de la vida.

Y es el pasado la respuesta.

El pez que dibujo tuvo escamas verdaderas,

mis uñas son escamas verdaderas.

Ah, dibujar el torpe pequeño pez

de color ceniciento

es la pobre inmortalidad de mi taza de sueños.

Estos poemas pertenecen al Libro “Cuaderno de dibujo” (2016).

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NOTA BIOGRÁFICA

Paulina Vinderman nació en 1944 en Buenos Aires, ciudad donde reside. Publicó catorce libros de poesía, entre ellos: La balada de Cordelia, El muelle, Bulgaria, Hospital de veteranos, reunidos luego en varias antologías: El vino del atardecer (El Suri porfìado, Buenos Aires), Transparencias (Arquitrave, Bogotá, Colombia), Los gansos salvajes (P.D Ediciones y Universidad Aut. de Nuevo León, México) y Rojo junio y otros poemas (Ruinas Circulares, Buenos Aires). En 2019 se editó por Alción su Obra reunida: “Tocar el cielo oscuro”.

Obtuvo entre otros, el Primer Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (bienio2002-2003); el Premio Nacional Regional, Secretaría de Cultura de la Nación (cuatrienio 93-96); los Premios Fondo Nacional de las Artes 2002 y 2005; Premio Citta de Cremona , Italia, 2006, al conjunto de su obra ; Premio Academia Argentina de Letras a su trayectoria y a su libro Hospital de veteranos, 2004-06 y El Premio Alfonsina Storni, poeta de la década en 2019.

Ha sido parcialmente traducida a varios idiomas y entre sus propias traducciones a poetas de habla inglesa, fìgura: Tulipanes, selección, prólogo y versiones de Sylvia Plath, Universidad de Nuevo León, México, 2011.

Nicolás Igolnikov es escritor y gestor cultural. Actualmente produce el Ciclo Seamos Libros, de poesía de homenaje. Además, trabaja en un libro de cuentos y realiza una investigación poética manuscrita en torno de la figura de su abuelo.

Como escritor, ha publicado el poemario “El nombre que falta – y algo de pólvora” y la nouvelle “La Mentira”, ambos por Ex Nihilo – Baja Literatura. Como gestor, ha producido el Ciclo Incógnito de Danza, teatro y literatura (Espacio Cultural Dinamo 2017, Club Cultural Matienzo 2018) y co-producido el Ciclo Metáfora de Cine y Literatura (Club Cultural Matienzo 2017 y 2018).

A su vez, Nicolás está terminando el profesorado universitario de matemática y se desempeña como docente de esa asignatura.

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La Primera Vértebra es una revista y un proyecto editorial que busca promover las nuevas tendencias de la poesía y la cultura producidas por latinomericanas y latinoamericanos en todo el mundo. Priorizando la participación de artistas y proyectos gestados por mujeres.

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