He ido perdiendo la cuenta del calendario gregoriano. Pronunciar “lunes” dejó de tener tanto ruido y escuchar “domingo” no me causa más alivio. Ya sólo busco la energía guardiana en mi almanaque maya, y me pregunto el ánimo astral de cada luna.

Las mujeres que conozco viven el COVID desordenando su cabello, sin sostén, con polos anchos, vistiéndose para ir al mercado o para trabajar. La vida no se ha detenido, sus ojos se abren cada mañana con alguna esperanza escondida en el pecho. No saber vivir, no querer morir, solo resistir.

La economía entrará en crisis y habrá que salvarla, con vidas humanas, por supuesto, ya sabemos quiénes ponen los muertos. Es posible que los estudiantes sigan ahí, quizás en menor cantidad, para escuchar palabras que con vehemencia repito.

Chile arde. Desde octubre, la rabia acumulada por decenios estalla como uno de tantos volcanes que, de cuando en cuando, hace erupción en nuestro país. Son los más jóvenes los que tocan la campana de la rebelión, y que devuelven la dignidad arrebatada a adultos y ancianos.

Son las cinco de la madrugada y despierto asustado. He dormido a saltos con dolores abdominales que retornan después de 30 años. No hago caso e intento dormir otra vez, y soñar con copos de nieve o árboles que extienden sus raíces en esta habitación.

Escuché sobre la Coronavirus*, un poco antes de la manifestación del ocho de marzo. Como organizaba un pequeño grupo que incluía amigas de otras partes de Europa, pasó por mi cabeza que, quizás, en cuestión de horas, cambiaría la situación y que no podrían volar, por muy brujas que fueran.

Empieza la semana santa, el domingo de ramos y estoy confinada. Me doy vueltas por la pieza con vista a la calle de la ciudad colonial donde vivo. Intento no pensar en el futuro, intento vaciarme en otros pensamientos.

El año 2019 expiraba y aún no tenía noticia del Covid -19 cuando el poeta y artista de la imagen, Augusto Carrasco, me decía que “¡Aletheya! es la mejor opción para tu poemario “Buen viaje, ikarus10”.

Quizás se deba a que todo dolor es absurdo; toda muerte, súbita. O a que he podido constatar empíricamente que, como quienes pronunciaban este epígrafe, gladiadores a la fuerza, condenados a morir desde el vamos; puestos ahí por el poder, a modo de castigo, por resultarle hostiles o inferiores, fuimos,