«MUJERES SOBREVIVIENDO A UNA PANDEMIA SIN POESÍA», POR GLORIA ALVITRES

El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre
dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer

Blanca Varela

 

   He abandonado a la poesía durante la cuarentena. La he dejado suspendida en algún rincón de mi cuarto, junto a toda ficción que me evocaba la Lima que conocí. He cambiado mis caminatas y rutinas por escobas y lejía. Las noticias de conocidos que han fallecido en el barrio empiezan a llegar y para hacerle frente a la zozobra, me refugio en el calor de la cocina o me acurruco con los gatos.

He dejado de escribir porque la rutina del teletrabajo consume mis días. Porque mi madre, se esmera por cocinar un pollo asado para mi cumpleaños, mientras siguen los anuncios de incremento de muertos e infectados. ¿Cómo leer a Watanabe cuando las banderas blancas se alzan a tres cuadras de la casa como señal de hambre?

He abandonado la poesía porque hay que cuidar del abuelo, de los gatos, de la prima, de la familia. Cuidar como sabemos hacer las mujeres, en una sociedad que no reconoce el trabajo en casa, aunque ahora cargamos en nuestros hombros dobles jornadas. Porque equidad es una palabra que el patriarcado nos ha negado. La noche me dicta escribir sobre las mujeres que han vivido esta cuarentena con angustia y cautela por amor a los suyos, que se cuidan la salud mental y el sustento de los suyos.

María Julia está en un pequeño departamento en Carabayllo con sus dos hijos hace 50 días. Antes de la pandemia, tenía todas sus esperanzas depositadas en un negocio de comida. Ella que cuida de los niños sola, que trabajó por años atendiendo clientes en un casino del Centro de Lima, empezaba con emoción un restaurante. La noticia de la cuarentena le frustró los planes, pero se supo afortunada por estar sana. Y los días pasan. Tareas virtuales para la mayor, un esfuerzo para explicarle al menor porque la calle está vacía, otro sobresfuerzo para dormir con el miedo a quedarse sin dinero, sin comida.

Valeria estaba en Filadelfia, estudiando una carrera de ciencias cuando inició la pandemia. Es la primera en la familia que migra por estudios y no para trabajar o buscar refugio. A sus diescinueve, quedarse varada en un país diferente le causó conflicto. En marzo supo que regresar a Perú no era una opción para ella, aunque lo deseara con todas sus fuerzas y extrañara el locro de zapallo, ese platillo al que su mamá le agrega queso y a ella le parece una revelación de amor. Luego, las noticias: medio millón de infectados en EE.UU. y el temor se apoderó de todos los rincones de la casa. Su madre se limpió las lágrimas para que ella no las vea y sonríe ante la cámara de la video llamada. Nada te va pasar, le dijo, aunque no tuviera idea, y solo la embargara un vacío.

Carolina lucha contra sus demonios en la cuarentena. Los ha visto aparecer en sus desvelos y en los rincones de su casa. No ha podido leer o escribir o cantar o bailar. Su silencio es como una pausa, como cansancio del mundo. Pero ha aprendido a respirar más lento y escuchar más a la psicóloga, entender los latidos de su corazón y sus pulsaciones. El tiempo es lento y se ha animado a leer sus poemas en un recital online. En la virtualidad también existe poesía.

Ana María es enfermera y cuida una paciente en Barranco. Ha tenido que quedarse de lunes a viernes en la casa de la señora para evitar exponerse. Regresa a casa los sábados a las cuatro de la tarde cubierta con mascarilla, guantes y recogido el cabello, nos trae dulces, gaseosa o alguna novedad a la casa de Collique. Mi prima y yo esperamos que se dé una ducha y a un metro de distancia la saludamos, pero rebuscamos las bolsas o preguntamos por lo que ha comprado. Parecemos dos niñas, que se emocionan con los regalos. Y Ana María vive pensando en que le da terror contagiar a su padre de noventa y tres años, que su hija estudia en la Universidad y las cuotas no han bajado. Otra anciana la espera en Barranco para que cuide de ella, mida sus pulsaciones y la presión. A tantas personas cuida que ya no sabe cuándo podrá cuidar de ella también.

Fiorella si escribe poesía. Escribe y llora. Escribe y baila frente a la pantalla. Organiza recitales de poesía virtuales, anima a los demás a leer, a vivir la cuarentena un poquito mejor, o un poco menos agobiante. Es mejor reír un poco, repite. Es mejor saber llorar, saber querer, o no amar a nadie en la pandemia. Es mejor ser como los protagonistas de El Decamerón de Boccaccio, irse al bosque para contar historias obscenas, mientras la muerte llega con los ojos rojos. Mejor danzar con el fuego. Y Fiorella nos invita a vivir en la red como un ambiente natural, a no sufrir tanto, fumar y abrazar a los gatos. Total, los hombres se han ido con la cuarentena. El sexo no significa tanto.

Daniela regresó de Alemania a Collique, un mes antes de la cuarentena. Es escultora y llegó al barrio después de tres años lejos del Perú. Ansiábamos encontrarnos, conspirar, mirar los cerros donde crecimos y hablar sobre decolonialidad o escuchar salsa. Ella dedica sus días a pintar un mural en la sala de su casa. Una pintura que representa la tierra de su abuela en la selva de Huánuco. Un día lunes pinta un guacamayo; otro día jueves, retoca un mono o una orquídea, el mural casi termina y su abuela mira en esa pared su infancia. A Daniela la agobia la desigualdad, la discriminación, los males de este país; porque el arte sin crítica es servilismo.

Ashley cuida a un gato, un perro y un abuelo. Se ha obsesionado con la limpieza al punto que le limpia todos los días las patas al cachorro que cría. Se sabe de memoria los cuatro medicamentos del abuelo y los ingredientes de la pizza casera. Como sus clases en la universidad son virtuales, pasa el día pensando recetas de pasteles o bocadillos, la cocina puede ser el laboratorio. A veces la llama su padre y ella se guarda esas palabras, como si las acumulara en una caja, las colecciona y ya no sabe qué hacer luego con ellas.

María Claudia se subió a un taxi porque ya no aguantaba estar lejos de su madre. Pensó que no era romper la cuarentena, que las pastillas para la depresión ya no lograban calmarla, que ya no escribe, pero hace videos graciosos para que otros rían. Tienen los problemas mentales tantas facetas y las ha sufrido como en una montaña rusa. Pero este día que se subió al taxi lo hizo con determinación, su cumpleaños no podía pasarlo encerrada llorando.

Carmen Rosa no puede ver a su padre hace cincuenta y cuatro días y se sumarán más días. El anciano pregunta si la hija lo ha olvidado, si acaso no quiere venir a verlo. Pero ella reza todas las noches a la Santa María para que a él no le afecte nada. Organiza misas virtuales por WhatsApp y le prende velas a su madre. En su casa en Surco hay mucho espacio, se siente el viento en las tardes, pero extraña a la hija que no está y las hermanas que bailan frente a la cámara para alegrarla. En el silencio de la noche a veces se pone pensativa o triste, da lo mismo y no pasa mucho tiempo para que inicie el día y tenga que cocinar.

Agustina se despierta algunos días con un dolor en el pecho porque ha soñado a la madre que partió hace 5 años. Llama a sus amigas para preguntar las noticias. Alguien ha enfermado y ella lo conoce. Se le han acabado las combinaciones de medicamentos naturales para fortalecer las defensas o proteger la garganta. En cambio evoca al padre de todos los santos, el Dios judío, para que la auxilie, cuando ella no necesita ningún favor del cielo. Todito lo hace con sus manos, desde el almuerzo hasta el regaño. Los días que pierde la paciencia llora abrazada de Maya, la cachorra.

Las mujeres que conozco viven el COVID desordenando su cabello, sin sostén, con polos anchos, vistiéndose para ir al mercado o para trabajar. La vida no se ha detenido, sus ojos se abren cada mañana con alguna esperanza escondida en el pecho. No saber vivir, no querer morir, solo resistir.

NOTA BIOGRÁFICA

Gloria Alvitres (Lima, 1992). Es narradora, poeta y periodista. Bachiller en Periodismo por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Forma parte del equipo de coordinación de la Feria Alternativa del Libro (ANTIFIL). Ha participado de la Antología de poetas mujeres de la Revista Ínsula Barataria (2017) y la Antología de 80 poetas iberoamericanas, editada en Madrid (2018).

2 Comments
Primera Adm
calbpi@gmail.com

La Primera Vértebra es una revista y un proyecto editorial que busca promover las nuevas tendencias de la poesía y la cultura producidas por latinomericanas y latinoamericanos en todo el mundo. Priorizando la participación de artistas y proyectos gestados por mujeres.

Comentarios

  • Maju Morales
    Posted at 00:39h, 16 mayo Responder

    Gracias por describir la realidad que dia a dia vivimos las mujeres sacando adelante a nuestra familia. Sigue asi eres la mejor

  • Johselyn
    Posted at 12:11h, 18 mayo Responder

    💜

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