«MI VIDA SIN MÍ», POR LIDIA ROCHA

FOTO PORTADA: GERARDO CURIÁ

Soñé que perdía tu mirada, y yo desaparecía del radar del mundo

Claudio Archubi

El miércoles 25 de marzo sentí una puntada profunda en el pecho. Hacía varios días que al atardecer me sobrevenía un decaimiento que atribuí a la angustia: demasiada muerte, demasiado dolor en el mundo. Como recibíamos informaciones contradictorias para el autocuidado, resolví tomarme la temperatura cada noche. Nunca pasaba de los 35.5.

La puntada sobre el lado derecho era fuerte. ¿Algo me habría caído mal al hígado? Busqué en la caja de remedios de mis padres una buscapina. Haber toqueteado de ese modo la caja de remedios sin guantes fue una acción que luego me reproché varias veces.

Quiero aclarar ahora que, desde 2013, y ante la imposibilidad de mis padres de sobrevivir por su cuenta en un pueblo rural, mi marido y yo tomamos la temeraria decisión de traerlos a vivir a nuestra casa. No me detendré ahora a detallar las penurias que los hijos de adultos mayores padecen día a día cuando son los cuidadores de sus padres. Lo cierto es que, gracias a nuestros esfuerzos y al acompañamiento de PAMI, hemos logrado mantenerlos hasta hoy, cuando ya casi alcanzan los noventa, en buen estado de salud.

Esa noche, la del 25 de marzo, me desperté a las dos y media de la mañana y me tomé la fiebre. La puntada que tenía en mi costado derecho ya dolía como una trompada. Para mi espanto la temperatura pasó los 35.5, los 36.5, los 37.5 y subiendo.

Desperté a mi marido:

– ¡Despertate! Creo que me dio el bicho. Vamos a llamar al 107 y a la Swiss Medical. Tengo fiebre y dolor en el pecho.

– ¿Cómo que te dio el bicho? –gritó mi marido y tiró su remera al piso en un sacudimiento de ira y desesperación.

– Sí bajemos a la portería y hagamos los llamados.

Abro aquí otro paréntesis. Para tener un espacio independiente de nuestro departamento (ahora ocupado por mis padres, sus cuidadores, sus enfermeras, su kinesióloga…) alquilamos el pequeño departamento que ocupaba el portero que se retiró a fines del año pasado. Desde allí hicimos los llamados.

El primer 107 que me atendió quiso convencerme de que comprara un paracetamol para bajar la fiebre y me mantuviera aislada y en mi casa.

-Tengo una puntada en el pecho que me está matando de dolor, adultos mayores en mi casa…

No hubo forma de convencerlo.

La ambulancia llegó luego del segundo llamado al 107. Afortunadamente el equipo de Swiss Medical había llegado antes. Se vistieron apropiadamente y me llevaron a la guardia de Pueyrredón y Santa Fe.

Así me fui de casa para iniciar el camino de mi curación. Mi marido se quedó parado en la calle, mirando como la ambulancia me llevaba, convencido de que tenía coronavirus, de que probablemente él también estuviera contagiado y de que se había quedado solo, con dos ancianos y un perro a cargo, con un colegio secundario y un colegio terciario a dirigir por vía remota, porque el trabajo es aquello que no se debe descuidar.

En medio de semejante descalabro en su vida, Gerardo (sin esperar mi diagnóstico) dio aviso de lo sucedido a la internación domiciliaria de PAMI que atiende a mis padres para evitar que el personal se contagiara la enfermedad, en caso de que la hubiera. La reacción de la atención domiciliara no fue tomar los recaudos y proteger a los adultos mayores hasta que se supiera mi diagnóstico, sino cuidarse y cuidar a su personal… suspendiendo el servicio. Con mucha gestión por parte de mi marido, el médico de la internación domiciliaria se comprometió a restablecerlo de inmediato en caso de que el resultado de mi hisopado fuera negativo.

¿Qué hacía Gerardo con dos adultos mayores y sin ayuda? ¿Qué hacía si él también estaba contagiado? El servicio de emergencia de PAMI (que todavía respondía. Ya no) le aseguró que no podían intervenir porque todavía no había diagnóstico.

Todo el mundo parecía decidido a que los ancianos quedaran en el abandono.

Gerardo padeció una crisis nerviosa, con altas de temperatura (según su propio registro porque el único termómetro de la casa me lo había llevado yo en mi mochila, quien sabe por qué), agotamiento, insomnio (dos días sin dormir)… En ningún momento dejó el intenso trabajo de rector, en ningún momento quiso pedir ayuda a sus amigos por temor a que se acercaran y exponerlos al contagio.

Y hasta se hizo tiempo para llevarme un bolsito a la guardia cuando me dijeron que me iban a internar en el Sanatorio Agote con diagnóstico de neumonía y síntomas compatibles con Covid 19. Los días siguientes fueron para él una pesadilla que luego les seguiré contando.

En la guardia me habían hecho varios estudios y dos hisopados. Una para Swiss Medical y otro para el Malbrán. Me hicieron placas y tomografía. La médica que me atendió me dijo que me iban a internar:

– En una situación normal yo le hubiese diagnosticado neumonía y la habría enviado a su casa con una receta de antibióticos. En la situación actual tenemos que internarla hasta saber si lo que usted tiene es solamente una neumonía o si hay algo más enmascarado en ella.

Me trataban tan bien que yo sospechaba que me estaban mintiendo y que quizás muriera.

Así fue que me trasladaron a la suite en el Sanatorio Agote. Digo suite pues eso me parecía. Ya me habían abierto una vía para inyectarme antibióticos todos los días que estuviera en el hospital. Me sentía en un hotel cuatro estrellas, completamente sola, completamente a salvo. A tres puertas del contacto con el mundo. Me llamaban antes de cada comida para que eligiera el menú ¡y qué menús!

Me acostumbré a levantarme temprano para que el agua de la ducha estuviera caliente y a peinarme con un peine ínfimo que me habían conseguido las enfermeras. Con el tratamiento no volví a tener fiebre, con el descanso y la buena alimentación conseguí sentirme bien. No tuvieron problemas para proveerme la dosis de rivotril que tomo habitualmente para dormir.

Solo me concentraba en cosas prácticas: bañarme, limpiar mi ropa, depilarme, comer, lavarme los dientes, dormir, no pensar, establecer una barrera entre mi persona y cualquier tipo de especulación. De a ratos leía, a veces miraba canal A. Hablaba mucho por teléfono y chateaba con las amigas que estaban por fuera del grupo de Gerardo, con quienes me había prohibido hablar. Una de ellas, al enterarse de la actitud de PAMI, se preparaba para iniciar un recurso de amparo, si mis padres quedaban abandonados.

Yo (que por suerte no había leído aún relatos de quienes cursaron la enfermedad) sentía que esa gente tan capaz que me estaba atendiendo podía curarme de cualquier cosa

El resultado del Malbrán se demoraba. El contraste entre mi torre de marfil y el infierno que vivía Gerardo se acrecentaba. Se desgastó haciendo ejercicio, no pidió ayuda a nadie, siguió sin dormir. En un momento y ante su desesperación, temiendo ser internado y que nuestro perrito muriera de hambre decidimos dejárselo a una amiga, que valiente (sin saber si teníamos o no Covid) lo llevó a su casa. Ese error que cometimos fue grave. El perro de nuestra amiga lastimó al nuestro y le quebró la mandíbula. Lo condenó a meses de sufrimiento y quizás a una deformidad permanente o a algo peor. La suerte no parecía estar de nuestro lado.

Yo intentaba en vano convencer a Gerardo de que llamara a la guardia para hacerse ver. Él creía que lo iban a llevar a internarse por la fuerza.

– Son médicos, no es la triple A –trataba de convencerlo.

-Yo no puedo abandonar a nadie –decía-. Me voy a morir acá cuidando a tus padres.

Cuando escuché esa frase yo estaba en el Sanatorio. Le conté a la enfermera de la noche lo que sucedía. Mi presión, siempre normal, había subido a 15. La enfermera se puso seria:

-Tranquilícese, señora –dijo-. Si la presión le sigue subiendo, no tenemos acá manera de ayudarla.

¡Ay Dios¡ No era verdad que allí podían curarme de cualquier cosa. Hasta de la insensatez.

Yo estaba en el piso de los casos de Covid sospechosos o probados. Un médico me había dicho que sólo dos casos estaban graves, pero que los demás estaban bien. No era momento de hacerme la loca con la presión alta. Cuando le dije a Gerardo que le tenía que cortar y por qué, supongo que recapacitó. Cada vez se sentía peor. Tomó toda la plata que tenía y se la dejó sobre la mesa a mi padre con una nota que explicaba la situación y bajó a portería desde donde llamó a la guardia.

Los de la guardia dijeron que estaba saturando bien y que no tenía fiebre. Cuando notaron sus síntomas, el lugar del pecho que le dolía y los días que había pasado si dormir, temiendo lo peor y sin dejar nunca de trabajar le dijeron:

– Muchacho lo que usted tiene es angustia.

Y le dieron una pastilla que lo hizo dormir durante varias horas. Cuando despertó ya el resultado negativo del Malbrán sumado al negativo de Swiss Medical no dejaba lugar a dudas. Por esta vez yo había escapado. Sólo faltaba que pudiese tomar antibióticos por vía oral para que me dejaran salir del sanatorio.

Pese a mi insistencia, el médico del piso no me daba la copia de los papeles que necesitaba para que a mis padres les devolvieran los beneficios de la internación domiciliaria de PAMI y a sus cuidadoras. Supongo que con tanta gente enferma no era una prioridad para él.

Afortunadamente, mientras estaba almorzando magníficamente como siempre almorcé y cené allá, llamó una empleada del control de calidad de Swiss Medical. Una chica muy fina que se quedó asombrada cuando le dije:

– ¿Cómo te llamás querida?

– Carolina

– Carolina. Yo tengo un problema. Y casi llorando le hablé de mis padres, de PAMI, del papel que no me daban.

– No se preocupe, señora. A eso lo soluciono enseguida.

Yo seguí comiendo. Sin pantalones porque no quería ensuciarme mi único piyama y tener que secarlo con el sacador del baño.

En eso entró el médico como una tromba y hasta sin barbijo (ya nadie me tenía miedo, ¿quién le teme a una neumonía curada? y no le importaba que estuviera sin pantalones) y me tiró los papeles sobre la cama:

– Acá tiene sus papeles

Creo que el médico no había llegado hasta la puerta ni yo completado el siguiente bocado cuando me llamaron nuevamente del control de calidad para verificar que todo, pero todo fuera 10 puntos. Les dije que así era.

Ya estaba sacando fotos y enviándolas al servicio de internación domiciliaria. Eran las 13 horas. El servicio cierra a las 16. Y era viernes. Entré como Indiana Jones.

El médico cumplió su palabra: la internación domiciliaria les fue devuelta a mis padres, toleré la levofloxacina por vía oral y el martes me estaba yendo del sanatorio con un taxista mala onda, que creía que había tenido coronavirus y que me tendría que haber ido en ambulancia. A él no le quedaba más remedio que trabajar y llevar a gente descuidada como yo.

-No quise que me llevaran en ambulancia para no asustar a los vecinos –le dije.

Así es como regresé a casa.

Así es como termina este capítulo.

Los siguientes fueron más difíciles para mí.

Pero eso ya forma parte de otra historia, que espero nunca nunca se cruce con ese virus tremendo.

NOTA BIOGRÁFICA

Lidia Rocha es profesora de literatura, diplomada en Ciencias del Lenguaje, con Postítulo en Lectura y experiencia. Publicó en poesía Aves migratorias (Ediciones del Tren, 2006); Roma (La Mariposa y la Iguana, 2010) y Así la vida de nuestra primavera (La Mariposa y la Iguana, 2016). Integra Antología Federal de Poesía de Provincia de Buenos Aires realizada por el Centro Federal de Inversiones (2019). En ensayo: El lenguaje del amor en la poesía de San Juan de la Cruz. Participó en los talleres literarios de Susana Szwarc, Enrique Blanchard y Félix de la Paollera. Fue agente de extensión cultural en el Archivo General de la Nación. Formó parte del plan de lectura Leer es crecer de la Subsecretaría de Cultura de la Nación. Realizó el ciclo Poesía en el Living de Recoleta, junto a Susana Szwarc. Colaboró con Inés Manzano en la realización del ciclo de poesía Interiores. Poetas del país e Interiores. Poetas de Latinoamérica. Actualmente se dedica a la escritura, la corrección de estilo y la docencia. Realiza, con Gerardo Curiá, el encuentro literario Literatura Viva y el programa de radio Moebius y con Gerardo Curiá y Jorge López el Encuentro de Poesía de San Pedro. Coordina talleres literarios de lectura y escritura.

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