«LIMPIA Y DESCARGA VIRAL», POR ALINA KUMMERFELDT QUIROA

FOTO PORTADA: LUCAS CHAUMONT

La limpia

He ido perdiendo la cuenta del calendario gregoriano. Pronunciar “lunes” dejó de tener tanto ruido y escuchar “domingo” no me causa más alivio. Ya sólo busco la energía guardiana en mi almanaque maya, y me pregunto el ánimo astral de cada luna. Las madrugadas se van dilatando, el almuerzo ocurre a las seis de la tarde y amanezco al mediodía, frente a una figura de mi nahual en pino: Ak’abal. Éste es amanecer y atardecer; es retrato de dualidad, pudiendo ser murciélago y, a la vez, guacamaya.

Como nahual destino tengo al B’atz’, quien cumple la misión de enrollar el tiempo como mono sagaz. El reloj es en verdad un espiral, aunque la mente tenga una doctrina de líneas. Bajo su único régimen unx va perdiendo el hábito de encarar el caos, extraviando el puente al subconsciente. Por eso llevo un par de meses en la mudanza de lo onírico a “la realidad”. Transcribo las imágenes soñadas a mi diario, y en toda escena quimérica hallo un ancla, que me sirve de orientación al amplio pozo de lo negado. Percibo cómo en cada página empiezan los sueños, precipitados, a despertar su emblema. A desnudarlos.

Cuando termino ese pasaje me levanto, me dirijo al baño a lavar mi lengua con un cepillo. A despedir las toxinas de las que mi cuerpo se deshizo mientras dormía. Junto mis graciosas manos como un mono encarnado, armo un guacal y me salpico el rostro con agua helada. En ocasiones se encienden mis sensores y cedo a éste primer aviso. Otras veces no es sino hasta el inaugural café que mi computadora accede a la esfera compartida.

Usaré de excusa este otoño invernal para decir que me gusta ingerir esa dosis de cafeína entre las absorbentes frazadas, viendo la pared desvaída como quien ve la nada. Inescapable colchón. Ese territorio que ha desarrollado un fango especial en el que me dejo atrapar por mis modalidades escorpianas. Hay días, sí (y quizás semanas), en las que hice de mi habitación una inaccesible cueva: así como nada salía, tampoco nada entraba.

En una de esas confusas fechas de lluvia, el espejo me solicitó que le hablara. Me asustó caer en cuenta de mi transparencia. Ningún crayón de sol ha vitaminado mi piel y al abrir con dos dedos mis párpados me doy cuenta: se me han fugado los glóbulos rojos de tanto fijar los ojos en pantallas. No existen gotas que puedan regar el desierto virtual de una mirada quieta…

Por mi capucha se asoma un desconocido ser vivo. Inquieta me saco el canguro y advierto: no he estado sola en este aislamiento. He dormido con criaturas del inframundo; hay una enredadera crecida en mi cabeza, bichos de humedad han nacido de mi encierro. Quedo atónita al observar cómo se pasean con tanta tranquilidad esas ínfimas y espeluznantes patas entre mi melena. Corro a bañarme como quien piensa: la sombra se barre con una buena ducha. No alcanza la sal para cristalizarse. A veces sólo queda desinfectarse con el mismo llanto y descargar…

La descarga

Arranqué la cuarentena con las mismas mañas de toda una vida: haciendo cálculos para “aprovechar” los días, con la esperanza de dejar de ser una persona y convertirme finalmente en ese tan esperado cronograma. Meditar al despertarme; tomar cursos por Internet; hacer ejercicio cinco veces a la semana; redecorar la casa; generar laburos alternativos; estar pendiente de mis vínculos; cocinarme cosas sanas; mantener los espacios ordenados y limpios. No sucedió nada de esto. O sucedió demasiado intermitentemente como para lograr ser “una persona optimista y provechosa en medio de una pandemia mundial”.

No fui fit ni creé una marca. No me arreglé aún, ni me maquillé “para mi misma”. No hice masa madre ni tampoco pan de banana. No hubo culto a la productividad que me aprobara y -confieso- tampoco lo intenté demasiado. Caí en cuenta bastante rápido de que tenía toda una vida para forjarme una rutina, pero no la tenía para hacer nada, para ser nadie. ¿Cómo dejar ingresar lo nuevo sin antes vaciarme? Presioné entonces el botón de “reformatear”, en vez de elegir la opción de “actualizarme”.

Algunxs dicen que la ecuación es fácil, que sólo debemos “visualizar y proyectar lo que queremos”. Pero yo no entiendo cómo se atraviesa el sentido o se conoce el deseo acendrado. ¿Cómo se conecta con la flecha de fuego si no nos entregamos nunca al movimiento originario? ¿Cuántas oportunidades tenemos para este intempestivo repensarnos?, ¿si no nos desprogramamos ahora…cuándo?

Esta descarga no está siquiera habilitada en las mismas vacaciones, en las que se descansa con la presión de “aprovechar al máximo”. Se viaja para descubrir a través de estímulos inéditos la espontaneidad postergada en nuestro día a día. Naturalizando que existimos así, mecánicxs y enajenadxs, y que, por lo tanto, debemos cumplir con esos goces momentáneos y a la vez prolongados, permitidos solamente veinte días al año. Estamos siendo fabricadxs como personajes planos para un estilo de vida “útil”.

A pocxs instituciones les preocupa la complementariedad humana. Si se tienen peones que cumplen un rol perfecto en su especificidad, ¿quién necesita seres integrales? Se niega el ritmo orgánico del goce así como se discrimina la soledad, la seriedad, la sensibilidad, y el silencio. Fragmentadxs en lo correcto e incorrecto; en depresivxs y plenos; en reggaetonerxs e intelectuales; en ídolxs y fracasadxs. En todo lo que marca una tajante medianera entre nosotrxs y los otrxs, tentándonos a pensar que lo contextual es algo diferente a la interioridad.

Se va esclareciendo de a pocos, la correlación entre el adentro y el afuera. Entre más despierto dentro del sueño, más voy recibiendo la fusión de “lo real y surreal”. La incorporación del subconsciente al consciente. No es simple verle la cara a la intención más genuina, en donde el milagro y el Apocalipsis ocurre al salir de casa, como en la estática postrada en una cama. Y entonces, ¿cómo nos acercamos a nuestra causa, si aparenta estar siempre tan rodeada de neblina? ¿ocurre acaso en la búsqueda o en la epifanía?

Seguro tengo menos respuestas que preguntas. Pero hay algo que escuché y me viene resonando: “el amor propio es aceptar lo que ya sos». Y como sentimos nunca ser suficientes, siempre buscamos ser. Poseemos ese espejismo de que somos otra cosa. Un objeto del ego. Esa máscara con la que chantajeamos al mundo y se termina apropiando de nosotrxs. Eso que quedó colado como chip genético. Una estructura proveniente de la condensación de proyecciones heredadas.

Empiezo a abandonar toda idea preconcebida de mí, para descubrir el flujo dinámico, aquel que confía en cambios y deja de temer su transformación. La materia muta partícula a partícula, y nos va ilustrando con quién, porqué, cómo, hacia dónde y cuándo. El entorno se va armando como en lo soñado, y nos expone su lenguaje. Uno quizás demasiado abstracto, pero que nos permite compenetrarnos con las pistas, los mensajes, las señales de cada persona, de cada número y de cada estrella.

Ya somos todo. Pensar en lo que no somos es un acto agresivo, que nos resta la fuerza que necesitamos para experimentar el impulso más trascendental que nos anida. Volver a apagar el celu, ir la terraza a contemplar minuciosamente la textura de una rama, abrir frescamente los poros al sol, olvidar los horarios de comida y de sueño. Y he estado comiendo de más y durmiendo de menos, pero me he abierto a reconocerme. Voy aprendiendo a discernir entre el deseo que mi cerebro activa en una escucha incompleta del cuerpo, y la sabiduría de un organismo “sentipensante”.


No dejo de pensar que esto podría ser el delirio de una privilegiada que tiene techo, amor y alimento. Pero hago el ejercicio de dejar de segmentar y me repito: lo que unx hace con unx llega a ser polvo o abono para otrxs. Y cuando termine todo esto y arranque el motor nuevamente: quiero regalar una versión distinta, quiero salir de la puerta tomando de referencia el nacimiento más sincero de un abrazo, el rechazo instintivo de la piel a algún lugar o a un ser, la euforia inasida de bailar, la guía de unos pies lúcidos en medio de una constelación…

NOTA BIOGRÁFICA

Alina Kummerfeldt nació en Guatemala, en 1989. Tiene estudios en Ciencias de la Comunicación y cursó el programa de Escritura Narrativa en Casa de Letras, entre otras cosas.

Publicó el libro Carta Cero (Editorial Fundación G&T, 2011), Trotamundos de Cuerpos (2013) y la plaquette Miscere (Editorial 90s, 2015). Ha colaborado con notas, entrevistas y poesía para revistas, y ha sido incluida en antologías poéticas nacionales e internacionales.

Participa en el «Colectivo de Poetas, por la memoria, la verdad y la justicia. Poesía ya!» en Buenos Aires, Argentina, en donde reside desde hace ochos años. Actualmente se dedica a hacer corte y color en distintos lienzos, entre estos: dibujos, cabelleras y palabras. 

https://alinakummerfeldt.wixsite.com

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La Primera Vértebra es una revista y un proyecto editorial que busca promover las nuevas tendencias de la poesía y la cultura producidas por latinomericanas y latinoamericanos en todo el mundo. Priorizando la participación de artistas y proyectos gestados por mujeres.

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