«LA NORMALIDAD DE UN MUNDO NUEVO», POR KAROLINA URBANO

1. Enmudecer

En la noche del domingo 15 de marzo nos avisaron por whatsApp que las clases quedaban suspendidas por una semana. Los profesores debíamos asistir en el horario habitual. El lunes en la tarde nos pidieron sacar nuestras pertenencias porque se ordenó el cierre de la universidad por quince días. Yo dejé unos libros en la gaveta de mi escritorio pensando que podía estar ese tiempo sin ellos. Han pasado cuarenta y seis días desde entonces. Es decir, hace cuarenta y seis días, en mi calendario personal, cambió el mundo. Intuíamos que eso pasaría, que el mundo se iba a “virtualizar”: jugueteábamos con las teleconferencias, las plataformas para reuniones virtuales, la VR y todo podía solucionarse con una app. Los hipermercados están al tanto, hace rato, de que la compra presencial es una actividad en vía de extinción. Lo que no sabíamos era cuándo, cómo, en qué condiciones. Era un cambio que podía darse poco a poco, como venía ocurriendo, de tal manera que pareciera “normal”. Así como vemos morir de a poco el planeta por el cambio climático sin que nadie deje de usar su auto o cierre una fábrica (no hay que olvidar que la economía está primero). No imaginamos que ese mundo virtual, en el que perdemos la privacidad y el contacto físico con los demás, llegara de la mano de un nuevo virus para el que no tenemos tratamiento ni vacuna. La universidad donde trabajo implementó hace más de dos años una plataforma para que los profesores incorporen “herramientas tecnológicas” en sus actividades académicas. En otras palabras, la universidad hace más de dos años venía luchando para que profesores y estudiantes hicieran uso de esa plataforma. De golpe, no hubo otra opción, así que en menos de quince días nos volvimos teleexpertos.

Durante ese tiempo, las redes sociales explotaron de mensajes y posteos cargados de historias de todos los calibres, pues cada uno estaba viviendo su propia novela. Esta saturación me llevó al silencio. Fue un tiempo de exceso de realidad porque la ficción dejó de serlo. Si todo es real, nada es real, dicen los lógicos. El mundo era una fake news. Odié las redes sociales, las palabras mesiánicas de escritores y pensadores que en realidad desconocían aquello de lo que hablaban, me negué a leer a Žižek, a Agamben y Byung-Chul Han, con mayor razón a los locales: Ospina, Vallejo y otros tantos. El principio wittgensteiniano: “De lo que no se puede hablar es mejor callar” se me volvió un imperativo. En las redes solo atiné a compartir memes absurdos y en casa, fuera de las pantallas, me dediqué a leer poesía.

2. La mente hace asociaciones

En los quince días siguientes hubo otra explosión, ya no en las redes sino en la realidad detrás de las pantallas, la pandemia sacó a flote lo más podrido de las sociedades contemporáneas con todas sus disfunciones, desigualdades e injusticias. Nada nuevo, pero más visible, excesivamente visible, inevitablemente visible. Sin embargo, regresó el control mediático: las noticias cada vez más mentirosas, las cifras que no concuerdan, las políticas de algunos gobernantes estúpidas y suicidas. Continúo con el teletrabajo, “a los trabajadores de la salud nos hicieron firmar una cláusula de confidencialidad, profe, esto se está poniendo feo”, me dijo una estudiante que es enfermera. Me contó también que le había tocado aprender a coser. Yo imaginaba a las enfermeras suturando heridas, cuando me sorprendió con “nosotros mismos estamos cosiendo los tapabocas porque la orden es reutilizarlos, ¡imagínese eso!”. Comprendí que después de esta charla no podría contarme nada más.

Yo salgo de mi mutismo, los estudiantes quieren saber qué pienso, inicio con un “estamos en un momento histórico”. Durante el discurso me doy cuenta que a veces por decir pandemia digo paro y les señalo que trueco estas palabras, no tanto por algún tipo de dislexia, sino porque ambas situaciones se parecen. Me refiero a los paros nacionales de 2019. Si bien una manifestación es lo opuesto a un aislamiento, comparten el desempleo, la precarización del trabajo, las consecuencias de la privatización de la educación y la salud, el olvido de los campesinos. La diferencia es que los ricos ya no pueden resguardarse en el exterior de tanto subdesarrollo y sufren porque ahora deben hacer sus camas y lavarse los calzones.

No puedo detener mi pensamiento en el detalle de las pequeñas historias, son tan efímeras al lado de los viejos problemas: en Colombia los políticos roban a manos llenas las ayudas que deben ir a las personas afectadas por la cuarentena. En el Congreso aprovechan que la atención de la gente gira en torno a la llegada del domicilio, las tareas de los chicos, los contagiados, la señal de internet, para aprobar leyes y decretos repletos de micos1. Tampoco descansan los sicarios, contamos líderes sociales asesinados en la misma proporción que muertos por coronavirus. El hambre sigue siendo la principal causa de muerte. Paro o pandemia, qué más da, como dice Noami Klein, la “normalidad” es la crisis. La normal caótica crisis en un mundo nuevo.

3. Ya sabemos qué hacer

En los últimos quince días el panorama es distinto: ya no hay exceso de realidad. No dominamos la situación pero sabemos cómo cuidarnos. Una pandemia es como una enfermedad degenerativa, llega el momento en que paciente y familia se cansan y la enfermedad deja de tomarse en serio. Primero está la vida y en nombre de ella saldrán para salvar la economía, o sus empleos, o lo que sea. No hay exceso de realidad porque es una cuestión de clase: los de este lado de la pantalla podemos seguir televiviendo, los que están fuera de la pantalla buscando el sustento tendrán mayor posibilidad de morir; los primeros, tendrán el privilegio de crear una ficción a la nueva realidad; los segundos no: quienes no pueden pensar un futuro, ni soñarlo y mucho menos construirlo, viven en la absoluta realidad, con su presente y la supervivencia del día a día. No sabemos qué va a pasar exactamente, que los ricos seguirán siendo ricos y los pobres, pobres es seguro; los poetas seguirán invadiendo las redes y los músicos harán conciertos con canciones tipo “We are the world”. Mi pesimismo frente al mundo y la especie humana sigue intacto.

4. Un poema no tan desesperado

¿Quién caerá primero?

¿Quién estará solo primero?

¿Quién

Se resistirá inútilmente

Al cielo que avanza?

Susana Thénon

Intento no sentirme una farsante, les hablo de justicia, igualdad y libertad, les hablo de luchas ideológicas, de Chomsky y Boaventura de Sousa Santos. Les comparto los libros de Zemmelman y Nussbaum, les cuento de las escuelas filosóficas en tiempos de guerras y entreguerras, de la universidad de las catacumbas en Argentina. Ellos escuchan, participan, leen. Contrario a lo que muchos piensan, las clases remotas no son tan distintas, los estudiantes que participan y quieren aprender son los mismos; los que faltan o se distraen con el celular solo reemplazaron el pupitre por su cama. Como sea, el mundo cambió y esto apenas comienza. La economía entrará en crisis y habrá que salvarla, con vidas humanas, por supuesto, ya sabemos quiénes ponen los muertos. Es posible que los estudiantes sigan ahí, quizás en menor cantidad, para escuchar palabras que con vehemencia repito. Yo quiero que ellos las defiendan, de eso se trata ser joven, después de todo, son los jóvenes los que, sin ser muy conscientes de ello, se resisten inútilmente al cielo que avanza.

1 Un mico es un artículo que se anexa a última hora y que beneficia a unos pocos. En general, es lo que permite que se roben la platica con total impunidad.

NOTA BIOGRÁFICA

Karolina Urbano. Pasto (Colombia), 1974. Profesional en Filosofía y Letras por la Universidad de Caldas, Magíster en Filosofía por la Universidad Nacional de Colombia. Realizó estudios de Maestría en Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires. Ha sido docente en diferentes universidades de Colombia. Miembro del Comité Editorial de la Revista de Poesía Luna Nueva y del Grupo de Estudios Sobre Colombia y América Latina GESCAL – PLED. Colaboradora en el blog literario El país de la bruma. Dirige la editorial Ojo de Poeta. Ha publicado los libros: Cómo hablar de lo indecible con alguien imposible (2014), publicado por la Secretaría de Cultura de Caldas en su colección Cumanday en el género del microrrelato y ganador de beca de Estímulos Alcaldía de Cali 2019. En el género de poesía ha publicado: Los colores de van Gogh (2014), por la Universidad Central del Valle UCEVA y La pipa del amor (2016) bajo el sello Ojo de Poeta Editorial y por la Universidad del Valle en la colección Las Ofrendas en 2018.

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