«EL HABITAR COMO UN CIEGO PONER LA VISTA EN EL FIN», POR LAURA ALONSO (URUGUAY)

  1. Converso con mi vecino, enfermero, al otro lado de la valla de mi jardín. Y con el almacenero de a la vuelta. Esos han sido mis desplazamientos desde el 13 de marzo, cuando aquí comenzó un pedido o exhorto gubernamental de confinamiento voluntario, acompañado paulatinamente por el cierre de las clases presenciales en todos los niveles. También del fútbol, los festivales de rock y todo tipo de evento que implique aglomeraciones. En fin. Una cadena de “precauciones” depositadas mayormente en la voluntad ciudadana. Esto también supuso un “parate” de gran parte de la máquina económica con un nivel de seguro de paro varias cifras por encima de las de finales de marzo del año pasado. Los “informales”, como algunos artistas, sobre todo callejeros, vendedores ambulantes, feriantes de mercadería que no sea comida, etcétera, han engrosado ollas populares organizadas por vecinos, sindicatos, padres de algunas zonas agrupados en torno a la Escuela Pública, clubes de baby fútbol, cantinas barriales, algunos pequeños comerciantes u otras tantas microcomunidades vecinales. Trabajadores casi siempre invisibles en la “normalidad”, a los que se les va a dar una ayuda estatal monetaria bastante escueta a través de un mecanismo de autogestión sencillo y acorde a los tiempos de una “pandemia high tech”: una app.

 

  1. Las enormes dificultades sanitarias no se vislumbran en números. El clima ayuda a airear las casas y baldearlas cómodamente, a no pensar en la calefacción, a no hacer uso de mayor luz artificial. Ya las cuentas del agua, oro de nuestra sanidad, vendrán en un número más elevado cuando comience el frío no solo porque hubo una suba antes del 13 de marzo sino porque, por razones obvias, se necesita y se consume más. Con jabón es más efectiva y barata, por ahora, que el alcohol en gel, del que ya tuvimos un hecho delictivo con banda de traficantes y alambique clandestino incluido. El brote de gripe estacional, causante de otras neumonías, tampoco ha hecho su entrada anual potente. Supongo que a menor circulación de transporte, menos accidentes que necesiten unidad de CTI. Los infartos, ni idea. Los heridos de bala o por violencia doméstica salvados de la muerte por obra del azar puede que hayan ascendido. Hay más muertes por esas mismas causas que en marzo del año pasado, dicen en algunos medios. Presumo que por el encierro, primera barrera contra el contagio. Pero el encierro también evita no ser linchado por el buchón de facebook o vecinos desquiciados, tipo KKK, como los que le prendieron fuego a la casa de un enfermo en una localidad de la idílica Rocha, allí donde “nace el sol de la Patria”. Las crónicas afirmaron que el domicilio del tipo es en Montevideo, pero que se había ido con su familia a pasar el transcurso de la enfermedad a su casa de balneario, ubicada en un pueblo de pescadores, centro de turismo veraniego que ya se desborda bastante durante la temporada estival “normal”. Detrás de su regreso al hogar capitalino, no sé si por “desinfección” salvaje o ira, o ambas cosas, le incineraron el rancho de vacacionar.

 

  1. Parece que las calles montevideanas están solitarias según mis amigos de allí –yo vivo desde hace casi tres años a 47 kilómetros de Montevideo-. Les producen miedo a muchos de los que tienen que ir o ir a trabajar. La policía se encuentra disuadiendo el turismo interno porque estamos en el comienzo de nuestra muy laica “Semana de Turismo”. La misma que en otros sitios suele ser llamada “Santa”. El sistema de salud no muestra signos de peligrosidad de colapso por ahora. Parece estar bastante fortalecido, al menos en lo que respecta a ciertos niveles de coordinación, recursos y profesionalidad del personal sanitario. Pero es cierto que todo “parece”. El trabajo de la universidad pública y el Institut Pasteur, instituciones abocadas al desarrollo de los kits de detección, ha otorgado cierto alivio en cuanto a la posibilidad de producción y realización de las pruebas, aunque todo lo que rodea a los testeos resulta bastante abstruso: si son muchos, si son pocos, si son solo para quienes se consideran casos sospechosos, si se contabilizan de manera discriminada entre los que se pagan con respecto a los que directamente realiza el ministerio de Salud a través de la Administración de los Servicios de Salud del Estado. Es cierto que hasta la fecha los números son bajos tanto de enfermos como de muertos desde que “oficialmente” todo empezó aquí, el 13 de marzo. No estamos atascados, aunque ya existe un porcentaje importante de personal de la salud reportado entre algunas de las cifras totales que recorren los flujos noticiosos. Las enormes dificultades sanitarias aún no se vislumbran en números. La enfermedad también es una transacción aritmética.

 

  1. El gobierno aún no ha respondido acerca de si habrá moratoria o no para alquileres y cuentas de servicios básicos. No he podido concentrarme en un solo dato en profundidad. Pienso en el invierno cuando miro por la ventana de mi jaula de oro, la que con probabilidad, también en unos meses, tambaleará. Creo que estoy más cerca de la pobreza que del covid. Muchos se sienten igual. Mi vecino, enfermero, tras la valla me dice “esto todavía no empezó”. Juega con su hijo de cuatro años después de tomar precauciones cada vez que regresa de su “frente de batalla”. También han crecido las metáforas bélicas; como los malos poemas de amor en tiempos “normales”.

 

  1. Le he dicho a los alumnos con los que estoy de aula virtual que el conocimiento nos salvará. Todo el conocimiento. Me he puesto más humanista que nunca. Apesto. Hay días que llevo mucho odio. Días en los que leo acerca de la catástrofe en relación al retorno de la misma. ¿Adónde?, digo, pienso. Humanos comportándose con el habla de plena enfermedad: “cuando me levante de la cama”. Hago yoga, aprendo taichí, medito vía internet por la salud de la humanidad, cocino, me lavo las manos, saco fotos de rincones de mi casa, me escondo para llorar. Me salvo de pensar, del silencio del pensar, gracias a todas las formas que me ofrece la narcosis que acompaña el confinamiento de los que pueden darse el lujo de confinarse como yo. “La manada ha sido inmunizada de sueños colectivos” escribo cuando leo sobre esa estrategia llevada al combate contra el virus. Acabo de enterarme de que Boris Johnson, uno de los adalides de la misma, está en cuidados intensivos. Me surge una ira endemoniada. Ya no sé hace cuánto que no duermo de forma “normal”. La cabeza a mil: los enfermos particulares y los que se enuncian en cantidades numéricas. “Desde el 13 de marzo” no significa nada porque el calendario no es para nada “útil” en horas oscuras.

 

  1. Un gran trabajo de la globalización, pienso. Millones de alienados sin un solo lugar común que permita escrutar otra forma de vida más plena, menos esclavizante y más efectivamente solidaria que la que teníamos hasta la peste. Asistimos a ello a través de nuestras ventanas de celda virtual. Está prohibido sugerir que aquello llamado “antes” no era normal. Sin embargo, no me privo de leer que hay países que creen esencial mantener las armerías abiertas o no detener la cadena de armado de Mercedes Benz, como fue el caso de la planta situada en Victoria, España. En Ecuador no hay cajones de madera y los están haciendo de cartón. En Brasil están acostumbrados a saltar en el barro, dice su presidente para minimizar la pandemia en nombre de la economía. Para mantener la normalidad. Para que no pare lo que hizo que en el país en el que vivo haya 3000 superricos con una riqueza acumulada que potencialmente salvaría de la precarización a varias vidas de este pequeño territorio de tres millones de habitantes. Con y sin pandemia, eso es “lo normal”. Hoy solo nos acecha un virus. Ni siquiera un agente “vivo”. De él volveremos. De lo otro, parece que jamás.

 

  1. Nuestro ministro de Salud dijo en conferencia de prensa, de las que hace días dejé de mirar, que siempre se está muriendo gente. Que la gente, básicamente, se muere. Siempre. No entendí algunos enojos. El ministro dijo una verdad sólida e inapelable. Tenemos un ministro que como médico atrapó algo del ser-para la muerte heideggeriano. Recordé un pasaje, seguramente muy mal traducido, de la conferencia «Construir-Habitar-Pensar» del alemán:

 

 Los mortales habitan en cuanto conducen su esencia, que es tener el poder de la muerte, hacia el uso de ese poder para que sea una buena muerte. Los mortales guiados hacia la esencia de la muerte, no significa, de ningún modo, poner como meta la muerte en cuanto nada vacía. Tampoco significa el entenebrecer, el habitar como un ciego poner la vista en el fin.

NOTA BIOGRÁFICA.

Laura Alonso (Montevideo). Docente en la Facultad de Arquitectura y en la Licenciatura en Diseño de Paisaje (UdelaR). Ha publicado Tratado sobre huecos (Estuario, 2009), “pero todo volvió de golpe y no pude sino escupir sobre estas calles” -ó: diáspora la lengua- (plaqueta, Yaugurú, 2010), Espejismo en reiteración real (Paréntesis, 2011) y delay (el esqueleto del viento) (Trópico sur, 2014). Formó parte, junto a otros tres músicos, de la propuesta “Decerradores: entre las bandas de poesía y música”.

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