«DESFASES Y TACTOS POSIBLES EN LA PANDEMIA», POR NICOLÁS LÓPEZ-PÉREZ

I

La bisectriz de los cuerpos. El desfase de la carne y el código. Me desperté temprano hoy –esto no es ningún diario- a digitar combinaciones aritméticas y encajar razonamientos en distintos nichos. Estoy frente al Excel. Atrás suena el televisor de mi vieja, hablan de la cantidad de casos de Coronavirus que se han presentado en Chile. Minimizo lo que hago, no para darle más atención al mensaje del ejecutivo, sino para tomar una nota en un cuaderno. Escribo (transcribo): últimas noticias para un apunte de poema, pensar e imaginar son cosas distintas hasta donde sé, mi cabeza piensa de otra manera si estoy en un teclado buscando mezclar las letras y avanzar con frases. Eso. La bisectriz de los cuerpos nace con la escritura manual y la escritura telemática. Esta no es una idea definitiva. La mayoría de mis textos ha nacido en un aparato electrónico. Me da un poco de pudor admitirlo. Ocupo computador desde hace veinticuatro años. Tengo veintinueve. Alterno los soportes de escritura. Muy pocas veces. Siento que el desfase entre lo físico y lo digital no me está tocando. Son dos universos que conviven conmigo. En las plataformas sociales es más o menos distinto. En la tele anuncian la creación de un canal de señal abierta que transmitirá contenido infantil todo el día. Sale una noticia que en Estados Unidos no habrá clases presenciales este año. Esa tarde me cuentan que en el Perú se está evaluando lo mismo. Mi hermana pasa a segundo de universidad en línea. Empieza el año en dos semanas más. Solo la convivencia con mi vieja es presencial. No estoy imaginando nada más por el momento. Tal vez, pienso algunas cosas.

II

Turn on the name-dropping on the Internet. Estoy buscando algunos poemas que traten sobre el tocar. Tengo la seguridad que varias sinestesias van a saltar en el buscador. Encuentro canciones. “Touch me” de The Doors. Now, touch me, babe. Can’t you see that I am not afraid? Voy cantando con Jim Morrison. Arnaldo Calveyra dice en un poema titulado “Instantes de un castillo de arena”: A tocar con estos ojos. Roberto Echavarren en “El monte nativo” expresa: Tocar es ciego aunque emana color / tocar es placer en acción / elicita vistas al roce / las vistas salen de la fricción / las vemos a la luz del tacto. Me quedo con la palabra subrayada, conjugación de ¿elicitar? Término asociado a la psicología del aprendizaje y a la informática. Por una parte, el acto de provocar una conducta posible. Por otra, traspasar información. La última me gusta. Sigo buscando. Natalia Figueroa en “Rodas”: A un viajero ciego bajarse del bus / antes de estar frente a él / y dejarlo tocar mi cara. Quien no puede utilizar la vista intenta conocer mediante el tacto. La lista sigue, poema 506, Emily Dickinson: Desde que él me tocó, vivo para saber / que ese día… “La piscina” de H.D. ¿Estás viv_? Te toqué. “El tacto” de Anne Sexton, extracto: Una mano común y corriente —deseosa sólo / de tocar algo / que la toque de vuelta. A modo de cierre, “Amor a primera vista” de Wislawa Szymborska: un tacto / se sobrepuso a otro tacto. El tacto como una insinuación, una promesa. La promesa de los ojos, de las formas, de otro tacto, de las texturas. De algo desconocido o reconocido. La distancia que separa un toque de otro o la inminencia. La promesa del tacto aumenta los deseos de presencia. Conocer, reconocer con las manos, con el cuerpo, con la piel. En un salto cuántico hacia lo erótico, ¿y cómo es el encuentro con lo erótico? ¿Se sabe de antemano? Lo erótico, lingüísticamente ya no es un adjetivo sino un estado que se proyecta hacia el mundo como un vector de significados, lo que nos deja en el uso, en lo compartido. Usos, llegar a comunidad. Lo erótico, recíproco tal vez. Lo erótico para ti es lo erótico para mí. Consentir. Del vector, ir separando y encontrando pensar con imaginar. Con el brillo de la promesa, de esa distancia que está a pie en un puente que se acaba de crear, dirigirse hacia el toque. El toque de la mente. Estoy sentado frente al computador y se me viene a la cabeza una canción maravillosa. “Pronta entrega” de Virus, sampleo: Recordando tu expresión, / vuelvo a desear, / esas noches (…) cuando estoy con vos / siento todo irreal, ¿y si esto es solo una promesa de lo real, de lo posible? ¿Dónde ocurre lo real? ¿Puede ocurrir en lo virtual? Lo virtual pone la cabeza a rodar. Casi como en lo real. Sentir es una variación. Con la promesa de un tacto –otro guiño a Federico Moura- me puedo estimular. Me acuerdo de la película Her. Un tipo se estimula con un software. Se enciende de deseo con algo que no puede tocar. Fin del spoiler.

III

Tocar, ¿a qué, a quién? ¿Tratar el tocar o de qué trata tocar o tratar de tocar? Me cuentan que hay un ensayo enorme que hizo Jacques Derrida sobre Jean Luc Nancy. Le doy una hojeada. Me queda eso de tocar sin tocar, ¿eso es la mirada? ¿Cuándo un ojo toca a otro? Tocar y retocar. Algunas dudas, ¿cuándo alguien dice que lo han tocado en el corazón? Hay algo de metáfora ahí. Te sientes tocado versus te han tocado. El corazón en sí, se toca, con instrumentos quirúrgicos, a tajo abierto. Circunstancias excepcionales. Interrumpo el flujo mental para transcribir lo que suena en la televisión allá al fondo: “El mundo está hecho para tocarlo”, Lysoform. Uno de esos productos desinfectantes cuyo stock en supermercados ha bajado considerablemente. El eslogan es espectacular. No podemos tocar, si no está higienizado. No podemos salir, si podemos, tocar lo menos posible. El tacto tiene sus reglas. Ya tiene más. Entender las reglas del tacto, buena cosa en algún aspecto. El tacto de las cosas inanimadas, a piacere. El tacto de las cosas animadas y seres sintientes, requiere consentimiento. La perrita de mi mamá, el gato de la casa, dejan que los toque. Permitir el toque. Un pare a la voluntad. “El mundo es independiente de mi voluntad”, lo pone Ludwig Wittgenstein como una suerte de mantra. Me acuerdo de mis amig_s. L_s extraño, extraño sus presencias. Su voz a lo lejos se oye igual y no. Toco las cosas del supermercado que he desinfectado.

IV

Oír es ser tocado a distancia. El ritmo está ligado a la vibración”, escribe Pascal Quignard en su ensayo El odio a la música. En la referencia, oír y tocar, en un mismo espacio, en un solo acto. El esquema de la comunicación aplica sinestesia. Ver es ser tocado a distancia. Oler y de-gustar también son formas de ser tocado a distancia. Cómo es que los otros sentidos pueden subsumirse en el tacto. También hay otros verbos como escribir o leer que pueden integrar la cuadrilla de sensaciones transmutadas. No he dejado de hablar del tacto. Ser tocado a distancia, es una página más en la gran novela de la imaginación. La mente es quizás el mejor poema que se haya escrito este día.

V

Algunos clips sobre el tocar, con un poco de ayuda de Anaïs Nin. Estoy leyendo Espejismos, su diario inexpurgado, tomo apuntes, hago un par de glosas. No estoy aquí por el mero goce de expandir mis ideas en la escritura de diarios ni en el escudriñamiento de la propia vida como ensayo de esos verbos literarios. Tampoco vine por escenas de tacto. O tal vez sí. Miento. Dejo que cualquier tabú sea borrado por el lápiz. Subrayo. Mi propio calor es genial, pero ahora se manifiesta en el toque. Me encanta tocar. Los mismos éxtasis y violencias nos empujaron, la misma necesidad de tacto y realidad. Sin tocar los labios, dejamos que la pasión brotara a través de nuestros cuerpos como una corriente poderosa. En el toque está todo: cognición, similitud, ritmo, expresividad. Tocamos un punto de fuego. Si me tocas, pierdo mi lucidez. Hoy llegó tu regalo. Estoy muy conmovid_. Tocad_. Transcribo. Algo imagino, siento, vivo. Cambio y fuera.

VI

Cuerpo, discurso y territorio.

Estados de excepción.

Suspender planes.

Reinventar las formas.

(Ideas para el siguiente apunte)

VII

Salir de la cabeza, por un momento. Y salir del modo Windows, por favor. Ventanas abiertas. Otras, cursándose. En otro plano, un segundo plano. Como la vida en el exterior, cientos, miles de ventanas en segundo plano. La apatía, en un primer plano, desplazada a la orilla de la pantalla. Puede vislumbrarse. No puede verse con toda claridad. Ahí no se está del todo.

VIII

Un clip imaginario. Subrayado de Espejismos, de Nin. Nos tocamos las mejillas, las sienes y después no pudimos resistirnos al impulso. Nos besamos. Fin del subrayado. Por otra parte, no, en el ardor de una llamada telefónica, poniendo el tinglado de esas voces que van queriéndose a partir de las palabras, traficando cosas, emociones, pensamientos, dibujando una realidad que va más allá de la distancia, que produce, reduce, traduce un deseo que quema todo el cuerpo a partir de una ¿inyección de serotonina?, de una correspondencia mental en una cajita que se abre y que se cierra, un caleidoscopio por donde voy viendo la belleza que no puedo tocar. Todo entra por los oídos y chorrea entre fases y contrafases. Un gemido que va, uno que vuelve. La banda sonora del deseo. La comunicación del cuerpo. El deseo contra el deseo. Sin ganar, sin empatar, sin perder. La piel se digitaliza. El cuerpo se juega la desintegración en la telepresencia. El deseo se va como una metáfora en la cabeza de alguien que lee. Hay un concierto de las mentes que es como el único cielo posible. Trance. Nos tocamos las sienes, nos arrojamos con bestialidad. Vamos mordiendo las que creemos zonas erógenas. Y de ahí, erizarse y volverse una espiral en un Kama-sutra que adopta la pose donde se juntan los genitales con un reverso que los estimula. Se disloca el deseo. Es lo que es, en este preciso instante. No se parece a nada y se parece a todo. Este es un recuerdo de la noche anterior.

IX

Hackear el toque. La bisectriz de los conceptos. Un concepto es un lugar muy pequeño para pasar más de una noche. Le abro la puerta al pensamiento de esas noches en intimidad con mi mente y la otra, como si fuera una especie de diagrama hermoso ilustrado por Alex Grey. Abro mi nirvana y voy dislocando el deseo. Lo desconcentro de lo evidente. Me estimulo más con la promesa del momento en que mi cuerpo vuelva a tocar a otro. A ese, con probabilidad. Ele me envía al whatsapp un extracto de un texto de John Berger. Le pregunto de dónde lo ha sacado. Dice que de Internet. Gugleo y hallo la fuente. El libro es Esa belleza (2005). Lo anoto como futura lectura. De momento, me doy cuenta que subrayo lo mismo que subraya ella. El deseo es un intercambio de escondites. Y me voy pensando en eso, mientras dibujo un olor que no tengo. El de otra piel. La crisis sanitaria avanza, retrocede, ¿en qué lugar estamos? Por lo menos, sigo a ratos en mi propia cabeza. Doy grandes tragos de esperanza cuando las cosas me acongojan. Lo suelo decir a alguna gente con la que tengo conversaciones más o menos largas: estoy viviendo como una pluma, pero cuando me pienso como una pluma y me defino así, me convierto en un yunque. A propósito de mi cabeza que se ve abrumada con todo lo que ocurre. Estoy dentro y fuera. Aún la vida es posible. Hace unos meses conocí a la poeta Enriqueta Belevan. Llegábamos sin tocarnos / y todo el aire eran nuestras manos / y nuestro cuerpo vacío. Así estamos llegando, a hackear el tacto. Sin embriagarnos de presente, como plumas dejadas al viento para que el aire sea más que nuestras manos, nuestras mentes suspendidas tocándose a distancia. Esta es la sugerencia que queda a merced del sistema nervioso. Puntos de fuga.

X

¿Cuántas palabras le he puesto al silencio de mi tacto que brota del aislamiento? Las cuento con el Word. Da igual. Lo cierto es que se irán con el próximo disparo de la realidad. La noticia del hambre o la enfermedad de alguien que conozca. O no. Suena el teléfono. Mi mamá lo contesta, después del aló la mudez le transforma la cara. Minimizo el notebook, salgo al patio de la casa, no me olvido de quién soy y de dónde estoy, pienso en la literatura como una potencia para tener ojos de binoculares en este mundo que no, no se nos está desmoronando a pedazos, sino que estamos más acompañados pese a lo solos que estamos frente a una máquina que transmite señales a cualquiera de los vientos posibles. Salgo de mi propia cabeza, fuera de esa burbuja donde tod_s l_s que veo se parecen algo a mí. Mi mamá me dice que al teléfono está mi hermano desde Prato, Italia. Todo está sereno por allá. En la pandemia puede ser el hambre y el miedo. Así como puede ser este texto. La esperanza contra toda esperanza. Vidas que avanzan a lugares distintos, rebotan donde la salud es incertidumbre. Hay una historia que no tengo hoy. La voy a buscar. Las cifras suben en el mundo. En Chile está reactivándose parte del comercio retail. El mayor desfase, el de justicia social. El camino del eros por el camino del tanatos. El tacto es virtual, es presencial con lo cotidiano. A cada momento voy siendo tocado a distancia, por otra mente, por la mía. El tacto dura un segundo. La Internet me va elicitando. Soy más información que carne. Soy más silencio que un libro hojeándose. Mi presencia, en desfase.

NOTA BIOGRÁFICA

Nicolás López-Pérez nació en Rancagua, Chile, en 1990. Poeta y abogado de la Universidad de Chile. Codirige la microeditorial & revista Litost. Administra la mediateca de poesía “La comparecencia infinita”. Ha publicado las plaquettes Geografía de las geografías (Litost, 2018) y Coca-Cola Blues (Vuelva Pronto Ediciones, 2019); los artefactos La violencia creadora (2019) y El sol ciego (2020) y el objeto de reacción literaria Escombrario (2019), estos últimos tres por Contraeditorial Astronómica. Traduce y hace coleccionismo de ocasión en su blog “La costura del propio codex”. Reside en la ciudad de Santiago.

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